Tú mi protagonista, mi heroína.
Me impacta tu caricia en mis sentidos y me siento feliz contigo, a solas. Toda tú, mía. Yo en ti realizándome.
Mas me dejas y sufro con tu ausencia.
Y desespero. Y vivo mil infiernos hasta hallarte otra vez, en una esquina o en el sórdido ambiente de algún antro.
No importa dónde estés. Sólo tú importas.
Quisiera liberarme, no sentir esta cruel dependencia que a ti me ata como el sol a la luz que huye y no escapa.
Mas no puedo vivir sin ti, heroína. * * *
Spring Street
No me vengan con cuentos. Que la vida es algo espiritual y, por lo tanto, superiores los bienes del espíritu.
Que el ser útil, cuidar a los enfermos, el teatro, la pintura, libros, música, los deportes, el cine, el gran dinero… al ánimo lo colman las delicias.
No me expliquen historias infantiles.
El deleite supremo es el orgasmo. Lo demás son tan sólo leves signos, pobres insinuaciones del placer que uno obtiene acostándose con chicas
y eyaculando en ellas como un dios. Para otros esos gustos secundarios. Para mí el goce intenso: la mujer.
Times Square II
Contemplo como salen del local parejas enlazadas de las manos. Cuánta mujer hermosa en todas partes. El vestíbulo exhibe con orgullo su muestrario de chicas estupendas.
Un amigo a mi lado me saluda. Me comenta: «Qué film más aburrido. Las historias de amor son soporíferas». Yo asiento. Y admirados vigilamos a una mujer preciosa. Acompañada.
Observo cómo mira ávidamente las muchachas que surgen de la sala como los coches surgen de un garaje ostentando sus líneas sugestivas. Como las miro yo seguramente.
También él siente el tedio. Ambos quisiéramos un amor, un hogar de esos que vemos en el cine y decimos nos aburren. No igual a aquel que tienen los amigos que en su gran mayoría se han casado.
Ante una moto grande y esplendente, como un bello caballo de fuel puro, nos paramos: «¿Te dejo en algún sitio?», precavido pregunta. Yo no acepto. Buscaré a alguna chica por el Village.
Water Street
El mundo nos resulta ajeno, inhóspito. Debiera ser destruido por completo. Construir un mundo nuevo sin sus ruinas.
Y estrenar una vida diferente.
Pero al pasar el tiempo el nuevo mundo tampoco hallarán propio nuevos hombres.. También ellos querrán un mundo nuevo.
Mejor fuera destruirlo y no hacer otro.
Waverly Place 1
Tu cuerpo que deseo y que rechazo mi voluntad domina. Como el vino mi mente turba, excita y reconforta.
Después, saciado, siento oscuramente vergüenza del placer así logrado.
Mas al cabo de un tiempo, tu apetencia resurge en mí acuciante y desespero y te busco si no te hallo cercana.
No eres joven ni hermosa, sin embargo. Pero he de conseguirte nuevamente.
A ti, aunque se me ofrezcan las más bellas. Y no me importa entonces el orgullo, vileza, sumisión o servilismo.
Embriagarme en tu cuerpo es lo que importa. Mi voluntad domina. Como el vino
que la garganta exige, imprescindible, necesito obtener, poseer tu cuerpo: esta dosis que viaja hacia mí mismo.
Waverly Place 2
Hacemos el amor de una manera imperfecta, mezquina y temerosa.
Nunca profundizamos. Nos quedamos en la simple epidermis del instinto. Y el placer obtenido se nos mezcla con una sensación de desagrado.
Porque ponemos bridas al amor. Levantamos barreras y frenamos al llegar al umbral del punto límite. Nunca lo trasponemos por cobardes.
Nos asusta ese paso hacia adelante. Y miramos, cansados, al amor entero, irrealizado, sobre el lecho.
Descontentos por no alcanzar la meta. Como incendiar un bosque y que una lluvia imprevista lo apague al poco rato.
Hacemos el amor como si fuera un rito y por lo tanto usamos símbolos. Sabemos el sentido de los gestos y acciones que efectuamos al amarnos.
Morder y devorar, hender, herir… Y gritos o gemidos alumbrándose. Su significación es evidente. Pero nos causa miedo. Y nos frustramos.
Habría que pasar de la parodia al hecho y realizarnos plenamente.
West 10th Street
La esperé mucho tiempo. No sé cuánto. No conté el sol, ni el viento, ni la nieve. No contaba los días. Eran largos.
Supe que volvería. Y la esperé para echarla de casa como a un perro.
Ahora la olvida todo. Yo, no puedo.
West 32nd Street
No quiso comprender que había acabado. Se cansa hasta la rosa de ser rosa. Se cansa la botella de su vino.
Esperaba en la calle cada noche que saliese al balcón y la llamase. Entonces traje a casa otra mujer.
La sacaron del río un mediodía cuando el sol sudoroso caminaba pegándose a la sombra de las casas.
Tumbado en la colina vi su entierro. Y me sentí tan leve y descansado como esa nube ociosa de la tarde.
West 33rd Street
La pareja perfecta es uno solo haciéndose el amor. Ninguna chica conoce el cuerpo mío cual yo mismo y, por tanto, es más sabia mi destreza.
Qué suave recorrido placentero por las zonas sensibles de mi físico. Qué mano que no es mía ni es ajena sino que es tacto, roce, soplo angélico.
Qué en su justo momento el adentrarme en la medida exacta de mis límites. Anchura o estrechez, cuanto me plazca, consigo en el instante apetecido.
Qué variación inmensa obtengo estando conmigo mismo, amando incluso a aquellas que niéganme el contacto. A todas cuantas me venga en gana entonces disfrutarlas.
La pareja perfecta es uno a solas haciéndose el amor. En ambos sexos. Resulta incomprensible esa obsesión que nos lleva al amor en compañía.
West 35th Street
¿Por qué sigo empeñado en encontrar la mujer que imagina uno en su mente? Y, además, ¿es que existe esa mujer?
Muchos ya descubrieron al principio que esa mujer no existe. Al darse cuenta buscaron al azar una cercana.
Renunciaron al sueño y se adaptaron a una pequeña dicha y su tristeza. La vida no da más, seguramente.
William Street
Las mujeres que quiero van con otros.
Cuando pasan prendidas de otros brazos miro a la que se apoya en mí y compruebo que yo me he equivocado de mujer. La gracia enrojecida de una risa,
el rumor tembloroso de un silencio, la mirada furtiva que nos dice que está la dicha allí, en aquellos ojos… Esas cosas descubro sólo en otras.
Yo sé que lo que anhelo no anda lejos: veo como ellas pasan de otros brazos. Y trato de encontrarlo, incluso en ellas. Mas siempre me equivoco de mujer.
Las mujeres que quiero van con otros.
Wooster Street
No reparaste en mí, sino en los otros cuando nos conocimos. Me miraste fríamente, indiferente y enseguida conversaste animada con los otros.
Las casas no conocen la piqueta que roerá sus cimientos algún día. Ni conoce la lluvia el sitio exacto en que caerá, agarrada a su alta nube.
Te adulé largamente y fui paciente. Fui ingenioso contigo. Fui agradable. Soporté tus caprichos y desprecios sin dejar de halagarte tenazmente.
Y un día descubriste que tu nombre sabía dulcemente si mi boca lo ponía en tus labios. Aquel día dejaste de ocuparte de los otros.
Yo no reparo en ti, sino en las otras desde que tú me quieres. Y te miro fríamente, indiferente y enseguida animado converso con las otras.
De “Destrucción de la mañana”:
Ese desconocido que soy yo. Ese al que los demás se dirigían al dirigirse a mí, sin yo saberlo. Ese irreconocible ser inmóvil que inspecciona mis rasgos hoscamente.
En vano apremio al otro, el verdadero, a aquel que unos segundos antes yo era. Sólo está frente a mí, con ceño adusto, ese desconocido inesperado que me mira con ojos que son míos.
Y llamo a mis hermanas y a mi hermano. Mas me detengo al verlos silenciosos con aire interrogante. De repente no aparentan ser ellos los que busco.
¡No conozco estas caras familiares!
Ni esa expresión cansada, sondeadora, que se enfrenta conmigo, como un muro que se extraña que quieran traspasarlo. ¡No sé de esas facciones ya marchitas!
Las capto con asombro. No hay recelo en sus ojos. Tal vez no se dan cuenta del cambio que han sufrido. O forman parte de una conspiración para encubrirlo.
¿Será, quizá, el amor lo que han logrado? ¿O sólo una muchacha a quien besar como las que yo llevo algunas veces?
Seguro que hay amor. Como el del cine, como aquel que palpita entre los libros o el que uno se imagina estando a solas.
Mas yo no tuve suerte. O persistencia. No sé de un gran amor. Sí de pequeños. Únicamente rozo nuestras nimias.
Breves, menudos cielos para el tacto, los sentidos. Tristeza que da al alma diminuto dolor. Amor pequeño.
Sólo un amor minúsculo y no obstante me creo tan capaz de un amor grande, de ese amor que aparece en libros, cine…
Y mi única estará entre todas ellas. No es que sea un iluso. Lo que ocurre es que no di con ella todavía.
Aún no la descubrí. Y el tiempo corre remolcando mi vida. No se espera a que acuda hasta mí la que pretendo.
Y esa presura implica más conflictos. Veo emplazar barreras y abrir fosos en llanos que estimaba inalterables.
¿De dónde llegará? Si en su figura deslumbra el mediodía, otros amores habrán puesto en su oído usados sueños. Y con cierta aprensión ambos tendríamos que perdonar minucias trascendentes.
Cubrir con alegría la tristeza de no habernos hallado el uno al otro en la estación de amar, cuando se es joven. ¿Y si nunca llegara yo a encontrarla?
No es posible volver. Nada es posible. Es todo tan distinto a lo soñado. He de seguir en mi hoy. Confuso. Solo. Aislado. Limitado yo a mí mismo.
De la alta oscuridad baja la lluvia tropezando en las ráfagas del aire y se agarra al cabello, manos, traje…
Es bueno caminar en la llovizna. Es bueno andar despacio bajo el agua. Sin rumbo uno asimismo, lluvia y viento, como agua y soplo, nada, por la calle.
Es grato oír el nombre que uno lleva.
Es grato descubrir que uno aún importa. Que importa a sus amigos que le llaman cuando pasa uno andando por la calle.
Qué agradable es tener una mujer.
Y qué grato el cansancio placentero que adormece la sangre dulcemente.
Junto a mí se da vuelta una mujer. Duerme profundamente. No sonríe.
Miro el reloj. Las cuatro menos cinco. No es bonita. No es joven. ¿Cómo pude acostarme con ella si a mejores yo rechacé otras veces? Me levanto.
Debía estar borracho. Aún otro día perdido, malogrado. Como siempre.
En silencio me visto y al marcharme ella sigue en letargo. Ronca un poco.
Las casas están llenas de frustrados. De seres, como yo, sin aptitudes para ser singulares en enjambres pese a aspirar brillara su luz propia.
Y poco a poco fueron acogiéndose a un amor, profesión, final destino que no era el que anhelaran. Y están solos.
Le miro en el espejo. Está en silencio. Abatido. Presume su derrota. Pesaroso. Le escupo varias veces. Tal vez me compadece y le doy lástima.
Acaso me comprende y me disculpa. Quizás él también sufre al conocerse indeseado en mí y juzga que es inútil pretender que tolere su presencia.
Le aborrezco, es verdad. Y mi desprecio se extiende por su rostro palidísimo como áspera maleza por el monte. Y golpeo el cristal que me lo muestra.
Hasta que le hago huir de mi mirada sangrándole las manos. ¿O son mías, por el dolor que corre entre los dedos y vocifera alertas a mi mente?
Pero está ahí, en el suelo. En mil lugares se distingue su faz atribulada que me observa. Y transforma su expresión en la actitud absorta que era mía.
Brota incesantemente. A borbotones. Tibia y curiosa asoma a mis muñecas y escapa presurosa de mis manos.
Son manos de vencido. Ellas debían coger la gloria, amor, coger dinero. Un día las creí capaces de ello.
Pero nada aprehendieron. No eran hábiles. O el empeño excedió su exigua fuerza. Pobres manos humildes y vacías.
Tiemblan un poco. Tiemblan asustadas. Asustadas y débiles parecen pedir excusas porque son mediocres.
Les sonrío a mis manos. Las levanto y las uno. Las siento desvalidas. Y atisbo como repta sigiloso ese zumo tan rojo de la vida.
De “Destrucción de la mañana”