Hacemos el amor de una manera imperfecta, mezquina y temerosa.
Nunca profundizamos. Nos quedamos en la simple epidermis del instinto. Y el placer obtenido se nos mezcla con una sensación de desagrado.
Porque ponemos bridas al amor. Levantamos barreras y frenamos al llegar al umbral del punto límite. Nunca lo trasponemos por cobardes.
Nos asusta ese paso hacia adelante. Y miramos, cansados, al amor entero, irrealizado, sobre el lecho.
Descontentos por no alcanzar la meta. Como incendiar un bosque y que una lluvia imprevista lo apague al poco rato.
Hacemos el amor como si fuera un rito y por lo tanto usamos símbolos. Sabemos el sentido de los gestos y acciones que efectuamos al amarnos.
Morder y devorar, hender, herir… Y gritos o gemidos alumbrándose. Su significación es evidente. Pero nos causa miedo. Y nos frustramos.
Habría que pasar de la parodia al hecho y realizarnos plenamente. * * *