No quiso comprender que había acabado. Se cansa hasta la rosa de ser rosa. Se cansa la botella de su vino.
Esperaba en la calle cada noche que saliese al balcón y la llamase. Entonces traje a casa otra mujer.
La sacaron del río un mediodía cuando el sol sudoroso caminaba pegándose a la sombra de las casas.
Tumbado en la colina vi su entierro. Y me sentí tan leve y descansado como esa nube ociosa de la tarde. * * *