Revelación

Revelación

¡Cómo volaba el pensamiento mío!… Fue un dulce anochecer. Se adivinaba por su rumor, bajo la peña, el río, y la mano del viento preludiaba un aria triste en el pinar sombrío. Como una bruma de melancolía, no sé qué dulce calma bienhechora pasó rozando con el alma mía… Tú que en mí estás, mujer, a toda hora, ¡nunca has estado en mí como aquel día!…

Quise gritar mi pena. y ante la soledad de los caminos alfombrados de luna y la serena quietud de muerte de la noche, llena de olor de flores y rumor de pinos, «¡La quiero!…», dije con fervor sincero. «¡La quiero!…», repetí, y el aire blando, con un rodar de voces fue gritando desde la sierra hasta el pinar: «¡La quiero!

Callé y calló la noche. El alma mía volvió a encerrarse en la melancolía de este secreto amor hondo y austero, que nadie sabe y del que nada espero… ¡Sólo lo supo el agua que corría y una flor desvelada, que tenía una cita de amor con un lucero…!

Tarde abajo, el mayoral de los siete toros negros va sorbiéndose en un triste rojo crepúsculo lento.

Zahones de hipocresía lleva, y por pica el deseo: con azahar de inocencia tienen los estribos hechos.

Los toros con siete lunas van corneando los vientos: jazmines de barba espesa tirando van contra el cielo.

«¿A dónde vas mayoral?» «A tu corazón los llevo».

Prepara tu mariposa de seda y luz para el juego, sácale filo a tu espada con pedernales de miedo ¡Fina viene de pitones la luna de un mal deseo!

¡Brava corrida, la tarde aquella de mi tormento! y seda morada, en medio. Yo con la espada y la duda Contra mí, siete deseos.

Me rozaron en la carne las siete liras de huesos. Geranios de sangre fresca mis alamares prendieron. Me salpicaron de espuma. No me llegaron al cuerpo.

Cuando la tarde sorbía, rojo, el crepúsculo lento, por los prados, ya sin toros luz de aurora en el sombrero sin espuela y sin estribos llegaba el Mayoral Bueno. Vendas de seda traía y aceite de olivos nuevos; arena fresca en las manos para enarenar el ruedo.

«¿A dónde vas, mayoral?» «A tu corazón los llevo».