Romance de los siete pecados capitales

Romance de los siete pecados capitales

Tarde abajo, el mayoral de los siete toros negros va sorbiéndose en un triste rojo crepúsculo lento.

Zahones de hipocresía lleva, y por pica el deseo: con azahar de inocencia tienen los estribos hechos.

Los toros con siete lunas van corneando los vientos: jazmines de barba espesa tirando van contra el cielo.

«¿A dónde vas mayoral?» «A tu corazón los llevo».

Prepara tu mariposa de seda y luz para el juego, sácale filo a tu espada con pedernales de miedo ¡Fina viene de pitones la luna de un mal deseo!

¡Brava corrida, la tarde aquella de mi tormento! y seda morada, en medio. Yo con la espada y la duda Contra mí, siete deseos.

Me rozaron en la carne las siete liras de huesos. Geranios de sangre fresca mis alamares prendieron. Me salpicaron de espuma. No me llegaron al cuerpo.

Cuando la tarde sorbía, rojo, el crepúsculo lento, por los prados, ya sin toros luz de aurora en el sombrero sin espuela y sin estribos llegaba el Mayoral Bueno. Vendas de seda traía y aceite de olivos nuevos; arena fresca en las manos para enarenar el ruedo.

«¿A dónde vas, mayoral?» «A tu corazón los llevo».

Romance del divino gozo

El gozo del mundo se entra dentro de mi corazón. ¡Estrecho gozo el que cabe en tan estrecha mansión!.

El gozo que entra en nosotros: gozo es de mal gozador.

Quiero un gozo que me envuelva porque él me sea mayor.

¿Qué gozo será el que traiga tanta anchura y tanto sol?.

Dios le dijo al siervo fiel: “Entra en el gozo de Dios”…

¡No gozos que entren en mí: quiero un gozo en que entre yo!

Soledad

Soledad sabe una copla que tiene su mismo nombre: Soledad.

Tres renglones nada más: tres arroyos de agua amarga, que van, cantando, a la mar.

Copla tronchada, tu verso primero, ¿dónde estará?

¿Qué jardinero loco, con sus tijeras de plata le cortó al ciprés la punta, Soledad?

¿Qué ventolera de polvo se te llevó la veleta, Soledad?

¿O es que, por llegar más pronto te viniste sin sombrero, Soledad?

Y total: ¿qué mas da? Tres versos: ¿para qué más?

Si con tres sílabas basta para decir el vacío del alma que está sin alma: ¡Soledad!

Yo te siento en la rosa…

Yo te siento en la rosa. Tanto más grande siento yo mi alma, cuanto son más pequeñas las cosas que la mueven.

¡Ay esas almas lentas como animales hartos, que van a Ti pisando mansamente sobre el fango sonoro y necesitan para reconocerte la voz de la tormenta o la engolada frase inmensa y solemne!

Señor: Yo te siento en la rosa y en la nieve y en la rama sin flores y en el plátano verde que sombras, en el centro de la plaza, la fuente.