En el alto castillo, la serena tarde ponía su misterioso brillo y la rosada carne del ladrillo se tornaba de luz sobre la almena.
El silencio contigo; la voz plena del suave mar, abajo, y el sencillo juguetear del claro vientecillo con mi trémula mano en tu melena.
Los árboles oscuros al Poniente rumoreaban plácidas canciones. El tiempo se dormía, abandonado.
Y bajaba la noche, indiferente, con un prodigio de constelaciones sobre mi corazón enamorado.