He soñado que estabas a mi vera y que tenías tus manos en las mías; ya no recuerdo lo que me decías, pero era dulce oírte, compañera.
Me mirabas de amor, con la sincera clara mirada de los bellos días y se iban enredando mis poesías en el perfume de tu cabellera.
Era tan dulce oírte, y era tanta la maravilla de tu voz serena, que, al sentir mi soñar desvanecido,
me desperté con llanto en la garganta, y las carnes doliéndome de pena, y el corazón doliéndome de olvido.