Yo te espero, mi amor, para el silencio. ¿Para qué cantar más cuando ya seas cierta?
Cansado de gritar de maravilla, cansado del asombro sin palabras, me callaré despacio, como el niño feliz que se duerme, en las manos el juguete.
Tardarás mucho tiempo en dormirme del todo, en borrarme los últimos recuerdos que me hieren, lentísimos recuerdos sin forma ni sustancia; sombra más bien, o sangre y carne casi, con raíces que entraron mientras iba creciendo.
Y tendré el blanco sueño de la infancia desde el que hablaba a Dios, aun a mi lado; aquel sueño, tan cerca de la muerte, que podía llegar, serena, clara, a volverme a mi origen, aun casi en el recuerdo.
Sueño que no será como el de ahora, lleno de ávidos pozos, de agujeros que de repente se abren a la nada; porque tendrá, disuelta en su materia, como nana de madre, tu voz muda, la luz de tu existencia, tapizando las salas de mi sueño.
No me pidas que cante cuando vengas. Cansado estoy del canto. Tú has de ser la paz última el blanco umbral de Dios…
Sólo oirás mi silencio, como rumor de fuente, como la paz de un lago, creada por tus manos, trayéndote el reflejo de Dios para alabarte. Confundidas las almas en las anchas llanuras del silencio, en su noche sin borde, esperaremos…
Publicado por primera vez en «Fantasía» n° 17, 1945 De “La espera”