Elegía de las muchachas

Elegía de las muchachas

Hay tardes en que el alma se reclina en su pena y halla dulzura: niño que, entre besos, se queja.

Desde el rincón de siempre nuestros dolores diarios se ven remotos, puros, casi ajenos, dorados.

Y queremos hablar del sobrante de dentro, venciendo el dolor de hoy con una voz sin tiempo.

Distante de la tierra y el vivir, yo los amo, pero una nube, en vida, del suelo me ha apartado.

Los amo con amor de difunto, de padre; con amor lejanísimo, cual si en Dios los mirase.

Y hace falta decirlo, aunque mi voz parezca que viene de otro tiempo o tal vez de la tierra.

Hoy me vuelvo a vosotras, muchachas, que a mi lado, sois flores de tristeza, voces de lo lejano.

¿Sabéis por qué estos ojos de angustia y de distancia? Hoy quisiera explicaros viejas cosas, muchachas.

En el alma, de siempre, llevo un presentimiento funeral; quizá muerte, quizá sombra o destierro.

Esa amenaza antigua nació conmigo; estuvo en mi primer latido, en mi más puro impulso.

Dulces sois, sí, muchachas, más que yo sé decirlo. Pero yo he madurado para un reino sombrío.

Os miro como eternas. En paz quedáis, en tanto yo fluyo hacia lo oscuro, fatal, apresurado.

Vosotras sois como álamos, quietos en la ribera. Yo paso por en medio hacia el mar que me espera.

Así os hablo, muchachas, como si hubiera muerto. Como si fuerais niñas y yo fuera muy viejo.

Lejos estoy, lo sé. La primavera en vano me acercaba a vosotras con el sol en los labios.

Un oscuro destino, triste como un gran peso, me alejaba, guardándome intacto para el duelo.

Quedad, quedad gozosas en el presente, casi eterno; que el amor en torno vuestro dance.

Yo, triste privilegio del llamado a lo oscuro, contemplo al mismo tiempo el ayer y el futuro.

Os veo en el mañana, en vuestra dulce vida diminuta, bogando por los años, tranquilas.

Y yo no sé qué muerte o qué dolor cualquiera, o acaso sólo, cual soledad o tiniebla,

va a caer en mi alma llevándome a una cumbre helada, donde grite sólo a Dios tras las nubes.

En la que el mundo sea un valle, donde el hombre alce remotos humos y, tal vez, leves voces.

Hoy tengo una ternura a través de los años. La que diera una cinta, una flor o un retrato.

Algo bello y gozoso que quedó en la lejanía, como un leve anticipo de la muerte en la vida. De “Nuevas elegías. Anticipo”