Historia de nuestro amor

Historia de nuestro amor

(Más allá del umbral)

Softly my Future climbs the stair, I fumble at my childhood’s prayer- So soon to be a child no more! Etemity, I’m corning, Sir,- Master, I’ve seen that face before. Emily Dickinson

Ya sé, ya sé que estaba amaneciendo y en la neblina y en tus vagos párpados empezaba la tierra, todavía menos costumbre que ilusión, brotada de un poso de campanas y de soles madrugados de tu niñez. Cercando el despertar con voz de caracola, casi haciéndote daño, la esperanza desbordada y sin rostro, igual que todas las mañanas, cantaba por tus venas como un golpe de miel ebria, disuelto al caer dentro de tu corazón.

Niña desobediente a los deberes de ser mujer, la cifra de tus años, obstinada en tu infancia, en alargarla, a esa hora sentías tú la vida golosamente retrasada, entera, palpada como fruta que da lástima morder, por no romper la tersa piel.

Pero al salir un poco más a flote, de súbito, entre el vaho rumoroso de mares, de ciudades y de puentes, sentiste que perdía pie un latido, que te había llamado una voz nueva con un nombre más grave, más secreto e ineludible; el nombre de tu muerte; que un pájaro augural se había oído y un viento del amor, por un instante, vino a cubrir el ruido de las olas.

Como si amanecieras a un domingo más solemne, aguardado largamente, mirándolo acercarse, y conversándolo, y al comprender que es hoy, que ya no cabe más ilusión, entonces lo temieras, lo quisieras dejar para otro día, aplazarlo hasta nunca, por el miedo a su cansado atardecer, la vuelta de la tarde hacia el lunes, recontando lo que por fin fue todo lo soñado; así sentiste el corazón, con vértigo alzarse contra el tiempo, rebelarse contra su mismo peso de manzana, vertido sin remedio hacia unas manos.

No era ya un nombre de hombre, ni mis ojos en solemne esperar el sacrificio, no era mi voz quebrada, tal de un niño que pide una limosna de ser grande y de tener dolores de varón, sino que viste atrás el hado, el tiempo, la seria obligación de vida y tránsito. Al fin, habrías de cumplir tus años sin demorarlos más; y recibías al destino con tus trajes de niña, hasta acabar de usarlos, por vez última.

Pensaste: «Y esto es todo. Mis inmensos sueños son esto, igual que si muriera». Yo entré casi con pena, deteniéndome ante ti, en tu país de luz antigua, estremecido de respeto, viendo tu casa, donde siempre es Navidades, tu verano descalzo, siempre el mismo, en que regresas a tu origen quieto, tu crecer junto al mar, en sus raíces.

Ea, todo acabó. Pues todo sigue pero ya no es la misma tu mirada. Como si hubieras puesto un nuevo espejo, hay una doble luz hoy en tu cuarto, llegó el amor a saltear tus reinos de inmóvil sol, y no por los caminos por que se viene y va hasta los inviernos; ha venido del lado de la playa, vagabundo, bajando desde el monte donde se oía el mundo por la tarde. Ahora sabes qué inútil fue volverte a la pared, a atar el hilo roto, querer resucitar viejos muñecos, con mano dulce sujetar el alma.

Yo te vi someterte poco a poco, quitarte la corona de ilusiones, descender del sitial de libertad a querer sin querer; he contemplado tu primera sonrisa temerosa, distraída, volviéndose a luchar contigo misma y el amor naciente, como asomada a una ventana, pero escuchando hacia dentro de la casa los pasos de alguien que entra; yo sé cómo alguna vez, al tiempo de tu risa, se veía cruzar un pez de sombra bajo tus ojos de agua abierta y clara. Ya bajas y gozosamente aceptas tu parte de dolor yamor. Colocas mi mano sobre tu cabeza y dices: «Heme aquí. Cúmplase en los dos lo escrito».

Pero nunca hay morir. Inesperada vida, como al pasar de un valle a otro, nos envuelve y se impone lentamente. Yo soy igual que tú. Yo tuve miedo antes también, y, mira: ahora rebusco hasta lo más pequeño y olvidado de mí para traerlo a que se queme en ti. Tras el primer escalofrío, como al caer una cadena de ancla por su escobén, con roce helado y súbito, se abre luego el silencio en anchos cercos y reina la mañana sobre el barco, así despierto ahora a la luz nueva, así siento inundarse en otra sangre, casi ajena, mi corazón, y palpo, atónito, el milagro, aún sin verlo, porque mis ojos todavía empiezan a aprender de las manos. Todo llega a la oblación en caravana alegre; antes, mucho nombraba yo a la muerte con mi primera voz, y hoy no hace falta; su sello de verdad definitiva lo pones tú en mis cosas. Para ti he crecido de niño con sospecha de un destino, y he estado preparando con tiempo mi ternura y mi palabra, mi antigua sumisión enardecida; meditando qué fueran unos ojos, empeñando en hacerme digno, en cada paso, como si ya me vieras; siempre vestido para el viaje, y todo en orden.

Aquí lo tienes, échalo en la hoguera que nos tapa la oscuridad del bosque. Ven, muerte mía, muerte de ojos claros, y al hundirme en tus aguas dame vida, vuelve a acunarme, cántame el nacer con tu voz, que no se oye de tan pura, ábreme la mirada al nuevo día, como tras de haber muerto, donde todo depone su verdad. Ya, más difuntos, andamos por un suelo más secreto; aprendiendo a ser dos, vamos errando descalzos por lo oscuro de la casa, por donde al retumbar la voz se nota que alguien vela en silencio, mientras mana la esperanza en tinieblas, como fuente que no se oye, mas todo lo enternece; descendemos a nuestra roca viva donde se posa el pie de Cristo, el peso consolador de Dios, como una mano en la frente del niño ciego; donde nos empieza a nacer todos los días nuestro Cristo de dos, resucitando, multiplicando el mundo, que se extiende ahora con más montes y más tierras.

Y hoy que vamos creyendo en otros días, juntando más amor para mañana, y ponemos despacio en una hucha los besos ahorrados, le decimos a Cristo que es la hora de que llegue, hoy que empieza a ser todo verdadero, para que lo conviva y lo recoja; que ya puede venir a compartir nuestro pan de esperanzas, ya sentarse con nosotros, ahora que tenemos un rincón, entre dos almas, sin viento, y una cuna de manos enlazadas; que bajo nuestro techo de palabras habite con los dos, para que se haga verdad lo que decimos, y aprendamos a estar cerca, y dejados en su sombra, a ver la paz ya hablar y oír más bajo; que sobra voz, ya siempre sobra voz…

De “Versos del domingo”