Miro cantar la vida como fuente...

Miro cantar la vida como fuente…

Miro cantar la vida como fuente al pie de mi ventana desdeñosa; miro estallar las gracias de la rosa y no embriago en su olor mi triste frente.

Está el mundo lejano en mí presente doliéndome y latiendo, cosa a cosa, y toda la tristeza misteriosa de la vida me embriaga en el poniente.

¿Y eso es todo; mirar, sentir la vida? ¡Qué más quisiera yo, en la primavera! Mas ¿qué hacer, en las manos del mandato,

sino servir? Y ya, la orden cumplida y muerto tras mi voz, sólo me espera esta paz orgullosa de algún rato. De “Nuevas elegías. Anticipo”

Oh amor desconocido, amor lejano…

Oh amor desconocido, amor lejano, que ya no sé esperar como solía, ¿me guarda Dios la aurora todavía y al despertar te encontraré en mi mano?

Ay, para que se cumpla algo en lo humano cuántas casualidades en un día se tienen que juntar en armonía; cuántos intentos mueren en lo vano.

Mas ¿no existe, sencilla e inexplicable, la rosa? ¿Es por difícil menos bella? ¿No es difícil el ser, y es verdadero?

Tú también puedes ser, con la inefable solución de la planta y de la estrella; y alzándome otro trecho, espero, espero.

De “Nuevas elegías. Anticipo”

Olvido y memoria juntos

(El poeta)

…la mano creadora del olvido. Antonio Machado

A Luis Rosales

Cuando toco el alma, encuentro que no es verdad el olvido. Todo lo que fue una vez vuelve a aparecerse, vivo.

Pero todo está olvidado desde antes de haber sido. Nada de lo que me llega puedo tomarlo por mío.

El olvido y la memoria trabajan para lo mismo: van convirtiendo en palabra cuanto atraviesa el espíritu.

Se nombra lo que se fue. El recordar es mi oficio. Recordar pasado, ahora, y lo que aún no ha venido.

Se nombra lo que se fue. El olvidar es mi oficio. Una niebla de extrañeza me aleja de lo que digo.

En la palabra se juntan la memoria y el olvido. Soy el ajeno a las cosas; yo, que las nombro, estoy mísero.

El olvido es sólo un agua que distancia lo vecino. Ver junto a un acantilado, intocable, un barco hundido.

Ver siempre el mundo en reflejo, igual que en un lago limpio, a cuya orilla los álamos se desprenden de sí mismos.

Como al fondo de un espejo, al ir viviendo me miro, lejano, extraño, difunto, como recuerdo en un hijo.

Todo lo confundo, todo. Si en los lóbregos pasillos del recuerdo torno a verte a ti, amor, mi amor antiguo, siento que puedo cantarte como si estuvieras vivo.

Y si me vuelvo a ti, amiga cualquiera, nombre perdido, podría hablar, como si nos hubiéramos querido. Puedo contar tus recuerdos de infancia, aquellos vestidos, tus muñecas y tus miedos; todo lo que no me has dicho.

Cuanto he tenido una vez llevo, sin saber, conmigo -lo mío va por la sangre con lo ajeno confundido-, como guarda el caminante la presencia del camino en la luz de la mirada, en la anchura del respiro y en una flor diminuta que ha arrancado, distraído, y que al entrar a la casa paternal, en cualquier sitio pone, para que se vuelva aire en el aire sabido…

De “La espera”