Olvido y memoria juntos

Olvido y memoria juntos

(El poeta)

…la mano creadora del olvido. Antonio Machado

A Luis Rosales

Cuando toco el alma, encuentro que no es verdad el olvido. Todo lo que fue una vez vuelve a aparecerse, vivo.

Pero todo está olvidado desde antes de haber sido. Nada de lo que me llega puedo tomarlo por mío.

El olvido y la memoria trabajan para lo mismo: van convirtiendo en palabra cuanto atraviesa el espíritu.

Se nombra lo que se fue. El recordar es mi oficio. Recordar pasado, ahora, y lo que aún no ha venido.

Se nombra lo que se fue. El olvidar es mi oficio. Una niebla de extrañeza me aleja de lo que digo.

En la palabra se juntan la memoria y el olvido. Soy el ajeno a las cosas; yo, que las nombro, estoy mísero.

El olvido es sólo un agua que distancia lo vecino. Ver junto a un acantilado, intocable, un barco hundido.

Ver siempre el mundo en reflejo, igual que en un lago limpio, a cuya orilla los álamos se desprenden de sí mismos.

Como al fondo de un espejo, al ir viviendo me miro, lejano, extraño, difunto, como recuerdo en un hijo.

Todo lo confundo, todo. Si en los lóbregos pasillos del recuerdo torno a verte a ti, amor, mi amor antiguo, siento que puedo cantarte como si estuvieras vivo.

Y si me vuelvo a ti, amiga cualquiera, nombre perdido, podría hablar, como si nos hubiéramos querido. Puedo contar tus recuerdos de infancia, aquellos vestidos, tus muñecas y tus miedos; todo lo que no me has dicho.

Cuanto he tenido una vez llevo, sin saber, conmigo -lo mío va por la sangre con lo ajeno confundido-, como guarda el caminante la presencia del camino en la luz de la mirada, en la anchura del respiro y en una flor diminuta que ha arrancado, distraído, y que al entrar a la casa paternal, en cualquier sitio pone, para que se vuelva aire en el aire sabido… De “La espera”

Tu antiguo corazón adolescente repósalo en mis manos, y que se abra en historias, aromas muertos, campanas y ecos de campanas.

Vienes hasta hoy para contarme, bajas desde los montes de tu infancia, el delantal lleno de flores y el miedo del pinar en la mirada.

Ven y quiéreme tú también; ya sabes lo poco que es vivir; descansa tu desamparo en el mío, contándome tu edad de niña, sin palabras.

Tú, como yo, al volver de costas, o de bosques, o de montañas, frente a la vida o a la primavera o en la orilla del año que se acaba,

piensas: las cosas pasan más deprisa que nuestros ojos pueden contemplarlas. Para soñar cada minuto vivido, un año haría falta.

Quieres tener los días muertos releídos, igual que cartas, haber libado toda su nobleza para ese día en que ante el Señor vayas.

Vuelves, soñándolas despacio, a las fugaces cosas que dejabas apenas rozadas; no queden allá, a medio exprimir, como naranjas.

Vas ahora a mejorar todo pues lo que fue, después de muerto, cambia; así en los hijos los padres difuntos y la luz de la vieja casa.

Juntas uno por uno los juguetes del recuerdo, las leves barcas de pesca, con el nombre en letras negras sobre la proa verde y blanca,

cuando, a la tarde, el alto rompeolas las recibe en su sombra vasta; las estaciones en el llano, los cielos al trasluz del sol que marcha…

Pero ahora que yo te quiero reúne con las mías tus estampas; como niños con sus sellos del mundo, del color de tierras extrañas.

Recorreremos juntos los barbechos sin espigar, de horas gastadas; hablaremos despacio por las tardes, revolviendo las hondas arcas.

Que cuanto fue nos dé su sangre, ahora que es tiempo, no se torne en nada, y de esta poquedad llevemos un día a Dios nuestras manos colmadas.

Confundidas las dos memorias nuestros ayeres uno sólo se hagan, y de él, en común sueño poseyéndolo, nuestro futuro único nazca.

Hilando así la tela de recuerdos que llevaremos de mortaja, doblaremos con días del pasado todos los días del mañana.

Cada hora con un recuerdo emparejada y resonando, cada imagen tuya por entre las mías enredándose equivocada,

todo en tal confusión crezca y dé fruto, lo que pasó con lo que pasa, y cada cosa se desdoble en tiempo; como tu corazón, amada,

que huele a antiguas primaveras y sin fin se despliega y se derrama en sones, y ecos, y ecos de eco, como las campanadas recordadas…

De “La espera”