Van madurando aquellos viejos días que me aleja el silencio y el reposo; va fermentando el más querido poso en mis bodegas quietas y sombrías.
Ya son carne las muertas horas mías, ya me aploma su apoyo nebuloso y en la boca las siento, con untuoso regusto de primeras poesías.
Madurar es sentir en la mirada un aire, espeso y dulce como un vino, que eterniza en su niebla lo fluyente.
Y es entreoír la voz llana y velada del conocido pájaro divino en la jaula del pecho, nuevamente.
Publicado en Entregas de poesía n° 14 1945