El anónimo

El anónimo

Desde la cornisa de la montaña dejo caer suavemente una piedra hacia el precipicio, una acción ociosa de cualquiera que se detiene a descansar en este lugar. Mientras la piedra cae libre y limpia en el aire siento confusamente que la piedra no cae sino que baja convocada por la tierra, llamada por un poder invisible e inevitable.

Mi boca quiere nombrar ese poder, hace aspavientos, balbucea y no pronuncia nada. La revelación, el principio, fue como un pez huidizo que afloró y volvió a sus abismos y todavía es innombrable.

Yo me contento con haberlo entrevisto. No tuve el lenguaje y esa falta no me desconsuela. Algún día otro hombre, subido en esta montaña o en otra, dirá más, y con precisión. Ese hombre, sin saberlo, estará cumpliendo conmigo.