EN el cauce del río seco una espigada yegua orina sobre un sapo agradecido. Yo, que voy de paso, sonrío y recuerdo una antigua ley de compensaciones de la magia: más feo el sapo más bello y deslumbrante el príncipe.
Ay, pero la abundante orina de la yegua no es amor y, aunque amorosamente regada, no rompe los hechizos más perversos: es sólo un poco de agua ácida en esta sequedad solar.
La yegua se aleja trotando aliviada, moviendo las ancas como una muchacha. Yo voy por los espinos resecos recordando al sapo: el pobre no tenía encantamiento y se quedó solo y soportando su fealdad inmutable y ahora meada.