La boca

La boca

En la encañada había piedras como huesos de un animal prehistórico que se desbarató antes de alcanzar nuestro valle.

Un gran cráneo quedó detenido en la pendiente con la boca abierta y el resto del cuerpo se dispersó hacia el río.

Yo trepaba la pendiente y me detenía frente a esa boca, una oquedad donde el viento se huracanaba, y escuchaba murmullos, palabras que se formaban a medias y luego, sin decir nada, se diluían.

Nunca hubo una frase clara. La boca como un oráculo piadoso trababa sus propias frases ante el niño: lo sé ahora y le agradezco la vida ciega.