El algarrobo se inclina como una nube verde sobre la única bodega del pueblo. Detrás del mostrador humilde una grácil jovencita lleva nuestra mirada a un tiempo sin malicia.
Tiene el cabello recortado como un muchachito travieso. El próximo año tendrá la cabellera larga. El cuerpo sobrecoge de tan puntual y prolijo: cumplirá con el crecimiento de cada uno de sus cabellos y hará sonar una música menos inocente.
Mientras tanto, ella guarda sus negros mechones en un frasco de vidrio junto a los caramelos y gomas de menta. Eso es siniestro, pequeña. Tú, tan vivaz, hija del solcito que venimos a buscar, no deberías guardar nada muerto. No es justo para los que ahora te miramos como agüita de yerba para el desasosiego.