Hagámosle caso a Simeón, oigamos sus consejos, sus prédicas, sus advertencias porque nos habla desde un sitio perfecto. La sabiduría consiste en encontrar el sitio desde el cual hablar.
Simeón nos habla desde lo alto de una columna de piedra marmórea que ha tallado y plantado en medio del desierto.
No está, pues, ni en el cielo ni en la tierra.
Arriba, en el cielo, vuelan los ángeles de ojos blancos con sus pensamientos purísimos que ninguna pasión humana agita o enturbia.
Cuando Simeón baja la mirada a tierra ve a los peregrinos rodeando la base de su elevada columna, esperando ansiosos su palabra. Observa tristemente esos rostros demasiado afectados por la inevitable vulgaridad de la vida terrestre, y luego habla y su palabra es un fragor llameante que funde ángeles y rampantes.