En las frondosas campiñas que con sus ondas serenas fecunda el Guadalquivir antes que en el mar se pierda, sentada está una ciudad que majestuosa ostenta lo atrevido de sus torres, lo antiguo de sus almenas. El río su bella imagen en su corriente refleja pasando enorgullecido por pasar tan junto a ella. Y ella se mira en sus aguas contemplando allí altanera su antigüedad y poder y su proverbial belleza. Espesos muros la ciñen, y frondosísimas huertas, y apiñados olivares, y fertilísimas vegas. Radiante sol la ilumina, y la bordan sus laderas altos y copados árboles y olorosas flores bellas. Alegre gente la vive, que las calurosas siestas y las perfumadas noches pasa al son de la vihuela, ya en sus entoldados patios, entre fuentes y macetas, ya en sus floridos jardines gozando sus auras frescas. Ciudad de hermoso recuerdo, ciudad bella entre las bellas, de los moros es envidia, de los cristianos soberbia. Sevilla, en fin, y esto basta, que todo el nombre lo encierra; y hablando de la hermosura todo es una cosa mesma. En Sevilla, pues, y en una noche azulada de aquéllas en que la luna derrama tranquila claridad trémula, y en lo cóncavo del aire resplandecen las estrellas, y más allá con más brillo los luceros reverberan; en una de aquellas noches en que todo se presenta blanco, pacífico, hermoso, y que la mente embelesa, y los sentidos embriaga y el corazón enajena; noche de aventuras propia en mil trescientos sesenta (edad en que esto pasaba, si mi memoria no yerra), por la calle de la Sierpe, media noche siendo apenas, dos hombres en la ancha plaza con prisa y silencio se entran. Largas capas les envuelven, no porque precisas sean, sino porque bien les cubran de las personas las señas. Por el lado de la sombra, punta a punta la atraviesan de la calle de la Sierpe hasta la calle de Génova, y el bulto de sus espadas, que bajo la capa llevan, las plumas de sus birretes y el rumor de sus espuelas, por hidalgos les acusan, por más que entrambos se empeñan en pasar como personas de común raza plebeya. Al fin cuando ya contaban tomar una callejuela que al alcázar los llevase sin pasar frente a la iglesia, paróse el más alto de ellos, diciendo : “¿Qué sombra es ésa que tras el pilar se oculta, Benavides? Yo dijera que es un hombre”. Y Benavides, al que pregunta contesta “Llegad, señor, sin cuidado, que ya imagino quién sea, y hará paso al conocerme, que es hombre que me respeta, porque me debe favores e hicimos juntos la guerra”. Siguió andando Benavides; siguió el otro, por respuesta dándole sólo el silencio que satisfacerle muestra, y frente al hombre llegando que junto al pilar espera, mostrándose Benavides, dejó franca la carrera. “Dios te guarde, Andrés”, le dijo el que va, pasando cerca. “Buenas noches” dijo el hombre, saludando con llaneza: y pasaron los hidalgos, y siguió el otro en su espera. Y, entre los dos que se van por la oscura callejuela, conversación en voz baja se entabló de esta manera: “¿Quién es ese hombre? -Un soldado que entró poco hace en la regla de San Francisco, cansado del servicio y de la guerra. -¿Y por qué precisamente en tal ocasión lo deja, pudiendo darle fortunas estos tiempos -de revueltas? -Dice que al rey don Alonso sirvió de grado, y por fuerza no quiere servir a nadie. -Ya entiendo. -Señor… -Le lleva la opinión del vulgo necio, que mal de don Pedro piensa. -Ya veis, señor, pues al claustro se acoge, con su conciencia se lo habrá mirado bien. -Y a tales horas, ¿qué espera, solo en mitad de la plaza, sin el traje de su regia? -Señor, es historia larga. -Tal cual es quiero saberla. -Son cosas qué-importan poco. -A mí todo me interesa; decid, pues. -Pues escuchad. Ya sabéis que representan al Rey los monjes franciscos, que habiendo en su casa mesma un manantial necesario para el buen servicio de ella, el derecho a los vecinos se les quite de que puedan servirse de él en su daño, porque sin agua les dejan. Los vecinos, como tienen aquella fuente más cerca, para tomarla a su gusto su viejo derecho alegan. -Y tienen razón, y el Rey se la da. -Por esa muestra de su Real benignidad, de los vecinos se aumenta la osadía, y de los monjes el trabajo y la impaciencia. De aquí nacen las hablillas, las voces y las quimeras; los vecinos a los monjes tal vez obligar intentan a que de noche y de día les tengan franca la puerta. Los monjes quieren cerrarla como lo manda su regla, y esto ocasiona denuestos y escandalosas pendencias. Los vecinos traen soldados, gente de su parentela; los frailes sacan domésticos y deudos que los defiendan; y como ven que su Rey lo que le piden les niega, los del pueblo cobran bríos, y los frailes se exasperan. Esto duró hasta que Andrés, hombre a quien nada amedrenta, hombre que usa de las armas con asombrosa destreza, con sus escrúpulos dando de una sola vez en tierra, asió su espada saliendo de los suyos en defensa. Burlábanse al principio, mas él se ha dado tal priesa en asentar cintarazos con tal fortuna y destreza, que del manantial los monjes son dueños a la hora de ésta. -¿Tan bizarro es ese Andrés? -Tan bizarro y tan a prueba, que él solo guarda la plaza y ninguno se le acerca. -El miedo de los villanos es quien su valor pondera. -De quien queráis informaos; veréis que nadie lo niega. Es hombre que, si le dicen que una calle por apuesta, guarde una noche, es seguro que nadie pasa por ella. -¿Y no hay justicia en Sevilla, un hombre que le contenga? -Ya veis, se acoge a sagrado, y los bravos le respetan.” Murmuró el que preguntaba unas palabras inciertas, que expiraron en murmullo cual pronunciadas apenas. Y como a un postigo oculto que da al alcázar se llegan, callaron ambos a dos, llamando a espacio a la puerta. Abrióles un pajecillo, y entrando los dos por ella, quedó el silencio en el aire y en soledad la plazuela. Está la siguiente noche tocando en la misma flora, y desde el cenit vertiendo la luna luz melancólica. Ni una ráfaga de viento la soledad silenciosa interrumpe, ni una nube del cielo el azul entolda. Toda Sevilla es silencio, reposa Sevilla toda, que duerme al son que la arrullan del Guadalquivir las ondas. Apenas de tarde en tarde atraviesa una persona las calles a largos pasos, o en una reja se aposta. Y los grandes edificios que la extensa plaza forman, sobre el suelo de la plaza tienden su gigante sombra. En un pilar apoyado de una callejuela angosta, por do un largo pasadizo en la plaza desemboca, hay un hombre que está en vela, y a quien la noche medrosa presta contornos fantásticos y faz amenazadora. Inmoble en la oscuridad, no parecen que le importan ni el relente de las noches ni el ver que pasan las horas. Si espera a alguien, nadie acude a la cita misteriosa; si aguarda algún hora fija, su venida fue bien pronta. Frente por frente al convento de San Francisco se aposta, cuya puerta se ve franca como abandonada y sola. ¿Es que aquel hombre la guarda, o es que en acecho la ronda? Porque él la guarda o la acecha con una intención incógnita. En esto la plaza adentro, por la calle de la Sierpe un hombre desembocando, a largos pasos se mete. Un solo punto los ojos en su derredor revuelve, y viendo al hombre que aguarda, vase a él rápidamente, el sombrero hasta las cejas y el embozo hasta los dientes. Llegó al que esperaba, y plática entablaron de esta suerte: . -¡Andrés! -¿Quién me llama? -Un hombre. -¿Me conoce? -Sí -¿Qué quiere? -Que tenga por tu aljibe un privilegio mi gente. Me han dicho que tú tan sólo a tu convento defiendes, y que cejan los villanos y la canalla te teme. -Y te han dicho la verdad. -Por eso precisamente he venido aquí esta noche, por si al cabo empacho tienes en dejarme hacer de día lo que de noche no entiende ninguno en el barrio. -Hidalgo, si eso trae, errado viene; todos han de tomar agua, o nadie absolutamente. -¿Conque contra el Rey te opones, que lo contrario te advierte? -Yo contra el Rey no me opongo, mas cuido mis intereses; y pues por ellos no cuidan, siendo inútiles, sus leyes, hombre a hombre, y fuerza a fuerza, aquí has de encontrarme siempre. Será injusticia y escándalo, será cuanto se quisiere; mas, a quien osados cargan, necio es, si no se defiende. -Hazlo, pues. -Enhorabuena, hidalgo, y tened presente que habéis venido a buscarme. -Menos hablar y defiéndete. Y esto diciendo uno y otro a cuchilladas se meten con tanto brío que chispas de las espadas encienden. El caballero le carga tan fiera y bizarramente, que el hacerle cara el otro, hasta milagro parece. Dan, vuelven, paran, reciben; ni uno ceja ni otro cede; Andrés con calma y acierto, el otro como una sierpe: mas es inútil, el monje es tan diestro y es tan fuerte, que aunque es el hidalgo un hombre que como un tigre revuelve, y cuyo brazo muy pocos a resistirle se atreven, de poco o nada le sirven lo que sabe y lo que puede. Al fin, el monje, mirando que el intento con que viene es tal, que mucho peligra si no se concluye en breve, lanzóle tal multitud de tajos y de reveses, que el otro cejó seis pasos, diciendo: -¡Demonio, tente! Túvose Andrés, y el incógnito, la mano franca tendiéndole, dijo: “Lo que quieras pídeme, que todo te lo mereces. -Yo nada de vos espero. ¿Qué podéis vos ofrecerme? -A todo por tu valor, el rey don Pedro se ofrece. -Señor -exclamó el buen monje ante sus plantas rindiéndose-, perdonad si estuve osado… -Andrés, obraste valiente; concédote lo que quieras, para que de mí te acuerdes. -Señor, de nuestra agua os pido la propiedad solamente. -Desde esta noche a los monjes anuncia que la poseen.” Y tomando el rey don Pedro por el callejón de enfrente, volvióse al convento el fraile, agradecido y alegre.