Quién ver pudiera, cuando el estío acaba, el camino -la sierpe tan blanca y sonriente- y, junto a confiada cala, pámpanos muertos bajo un pino vivo.
Quién ver pudiera el baile en la era y una sierra morada allá a lo lejos; con pimiento silvestre tropezarme, o, por el pedregal, con el romero.
Más vale que dedique mis cuidados a estos abedules y mortecinas nieblas. En mis caminos de otro tiempo hallarse puede a un ángel triste con torcida espada.
Versión de José Corredor-Matheos