Nabí (fragmento)

Nabí (fragmento)

Todo era en el mundo comienzo y juventud. La mar espejaba para un laúd tan sólo. Un torrente de oro se vertía en la mar. En una cala, junto a un pino, negra garganta me había arrojado a la playa. Olí a sal y a retama. Brillaba al sol un hombre, en la colina, e iba a tumbarse debajo de una higuera. De una choza ascendía un hilillo de humo. -Aquí -dije- me quedaría, como la piedra y el árbol. -Pero se oyó la Voz: -Ve a la resplandeciente Nínive, Jonás, parte en seguida; juntos, tu llegarás y Yo hablaré.

Me levanté. El ardor de la roca, la fragancia del pino me ignoraron. Toda mi relación con ellos se desvanecía, como si ya me hubiese despedido. El mar azul perdía su embeleso; una nube volvióse, dándome la espalda; sentía al aire impacientarse y la mota de polvo, -Ve- me decía. Y en aquel punto fui como picado por escorpión divino: me sorprendió, agarrándome con fuerza; me hizo suyo, espoleándome la prisa. En camino afanoso, bajo la asoleada, volvía a mi el brote del romero; y cuando oscurecia, y me despabilaba, me hacia alzar los ojos amor de las estrellas, en donde estaba escrito el mandato divino. De mi tardanza en desquite una cosa tan sólo me inquietaba: dormía como en vela, comía como en sueños, avanzaba sin ver, y sin saber oía. Mi fuerza, mi esperanza, eran la palabra que Dios me había dicho. Y yo la repetía día y noche, como un enamorado, con deleite, como el niño que canta por temor a olvidarse. Ni árbol ni casa alguno detenían mi marcha; todo con lo que tropezaba era arrojado atrás, y noche y día caminaba: y no veía más que oscuridad o ardiente polvo. Mi viaje -calor, peligro, ayuno- duró de plenilunio a plenilunio, y la espuela divina aligeró mis pasos. En cosa alguna mis ojos sosegaron, ni mi boca hizo trato: soldado que orden cumple no estorba su camino con adioses ni lazos.

Pero a la vuelta de la cuarta luna, cruel suplicio volvióse mi camino: y si me detenía un solo instante tenerme en pie ya no podía. Enrojecidos por el sol los párpados, mis pasos eran cada vez más lentos; polvorientas las cejas y la barba; pesadas, las espaldas, y ardiente la nariz. Hasta las cosas próximas parecían lejanas, y el tino se perdía con el ardor de la cabeza; mi pie sangraba; torpes, su plegaria intentaban el confundido juicio, la lengua, seca como un trapo. Una mañana, la claridad del día sonó como un zumbido de abejorro en mi cabeza, y mi mirada, pródiga de luz, ante el rayo de sol se arrodillaba. Pensando « Yahvé te espera» con nuevo aliento quería rehacerme; mas tropezando en una piedra di en tierra, y me hundí en el polvo, y no sabía, aturdido, cómo levantarme. -¿Huye Nínive de mí?- acerté aún a decir; y anhelando, vencido, que la noche negase, oculté el rostro entre las manos.

Detrás de mí, un viejo descabalgó de un asno. -¡Levántate! Al que cae, si no se pone en pie, alguien lo entierra. Llevo a la ciudad un cestito de higos y una cerda. ¿No la conoces? Desventurado, súbete al asno. ¡Poco tienes de gordo! Desde aquí se vislumbra el lugar donde el río ciñe la gran ciudad que corta, hiende y raja, que límites abate en un mundo cobarde. Aquí, el osado mata, acomete y humilla; los himnos de triunfo son obra del eunuco. Todas las artes bajan la frente ante la guerra, ya que la espada es joven y caduco el espíritu. Y en los mercados llenan las alforjas, muy prestos, con sus preciosas sacas, las gentes sin escrúpulos; y las mujeres vienen de todas las regiones, las más perfectas en senos y caderas. Asur es inmortal, y el mundo es una ruina.

Levanté apenado la cabeza. Unas casas de campo blanqueaban por la otra orilla, en la vuelta del río; y yo, tambaleándome, como animal herido, dándome todo vueltas, alcé el brazo con ánimo desesperado que arrancar pude del fondo de mi corazón; y derrochando un año de mi vida pude clamar al fin: -De aquí a cuarenta días, Nínive caerá.

Versión de José Corredor-Matheos “Ocho siglos de poesía catalana”, Editorial Alianza