Divertimento mexicano

Divertimento mexicano

_A Octavio Paz

Cuernavaca_

En el jardín donde M., un protegé francés mantuvo a una beldad de espesa sangre indígena hoy canta un hombre venido de muy lejos. En el jardín tupido como un trazo cirílico un mirlo nos recuerda al ceño cejijunto. El aire de la noche suena como cristal.

El cristal ya está roto, notémoslo de paso. Aquí Maximiliano fue emperador tres años. Introdujo el cristal, la champaña, los bailes y todas esas cosas que adornan la existencia. Pero la infantería de los republicanos lo fusiló después. Dolorosos graznidos

llegan del denso azul. Los campesinos sacuden sus perales. Tres patos blancos nadan en el estanque. El oído percibe en la hojarasca la jerga de las almas que conversan en un infierno densamente poblado.

Omitamos las palmas. Destaquemos el sauce. Imaginemos que M. deja a un lado la pluma, se despoja, sereno, de su bata de seda y se pregunta lo que hará su hermano Francisco José (también emperador), mientras silba, quejoso, Mi marmota.

«Saludos desde México. Mi esposa enloqueció en París. En las afueras de palacio oigo tiros, crepitan las llamas. La capital, querido hermano, está rodeada y mi marmota, fiel, permanece conmigo. El revólver, de moda, ha vencido al arado.

Qué otra cosa decirte, la caliza terciaria es famosa por ser un suelo hostil. Agreguémosle a esto el calor tropical donde los disparos son la ventilación. Se resienten mis pobres pulmones y riñones, sudo tanto estos días que se me cae la piel.

Como si fuera poco, se me antoja largarme, extraño demasiado nuestros tugurios patrios. Envíame almanaques y libros de poemas. Todo parece indicar que ya di con la tumba en donde una marmota será mi compañía. Mi mestiza te manda los debidos saludos.»

Julio llega a su fin y se oculta en la lluvia como un conversador entre sus pensamientos, lo cual, por supuesto, nada afecta a un país con mucho más pasado que futuro. Una guitarra gime. Las calles tienen lodo. Un paseante se hunde en un velo amarillo.

Incluido el estanque, todo se ha enyerbado. Alrededor pululan culebras y lagartos. En las ramas hay pájaros con nidos y sin ellos. Todas las dinastías declinan por la cifra tan grande de herederos y la falta de tronos. El bosque nos invade como las elecciones.

M. no reconocería el lugar. No hay bustos en los nichos, los pórticos están desvencijados, los muros desdentados muerden la ladera. Puedes saciar la vista, mas no los pensamientos. El parque y el jardín se convierten en selva. De los labios se escapa una palabra: “Cáncer».

1975

De “No vendrá el diluvio tras nosotros” (Antología 1960-1996) Versión de Ricardo San Vicente