Lloramos para que alguien nos consuele...

Lloramos para que alguien nos consuele…

Lloramos para que alguien nos consuele y porque nadie quiere consolarnos. Y así amamos, y seguimos amando, y en el pozo del odio se desborda el odio: lodo, hedor de la muerte de los días felices, espejismos de luz en las playas de yerbajos, cruces de arena, palmeras en un cielo agrietado y sucio. Amamos y lloramos. Recordamos las verjas y el jardín. Las niñas en el patio del colegio, el vello en el pantano. Y en sus puertas podridas esperaba a mi primer amor. Y así aprendí a llorar ya buscar un consuelo en el más desolado desconsuelo. Las manos que acarician mis mejillas son mis manos. Me arañan, me rechazan. Los labios que me manchan con su sangre son mis labios. El vientre en el que gimo compasión es mi vientre vacío. Y abrazado a mí mismo me amo en soledad pues también el amor es, como el odio, un vicio solitario.

De “Poesía reciente” 1995-1998