Suave sería el labio de mi musa modular solitario sus congojas, al son del agua y silbo de las hojas de selva y río en variedad confusa; tal vez allí la ilusa copia de mis pesares, en tan nuevos cantares sanara que envidioso a mis recreos el ruiseñor, en circulares giros bajara y repitiera entre gorjeos lo que yo le cantara entre suspiros.
La vi deidad, y me postré a adorarla, y por volver el ídolo benigno, la prosa olvido, y me dedico a hablarla en el lenguaje de los dioses digno. De entonces fue mi signo pintar en mis canciones sus dulces perfecciones; ¡y cuánto, oh cielos, su beldad me humilla! que es a su lado mi elocuencia parca. Un hilo de agua que en el campo brilla, y el ancho mar que casi el mundo abarca.
Hijos mis versos, Silvia, de tus ojos, cuando mi amor mirabas indecisa, tras de mil que engendraron tus enojos volaron mil nacidos de tu risa; Oh, cómo se divisa en unos aquel frío de tu ingrato desvío, y en otros un calor que al mismo exceda con que el torno del eje diamantino la gran masa del sol rápido rueda, ardiendo en fervoroso remolino!
Tú los cantabas, Silvia, ¡en qué lugares! ¿Te acuerdas de la selva en que habitamos, que remedaba el ruido de los mares con el sordo susurro de sus ramos? Muramos, ¡ay! muramos de vergüenza y disgusto; que aún en algún arbusto se ve escrito que en todo el universo fuerza no habrá que a separarnos baste; y aún está allí tu letra, allí mi verso; ¿y dónde está la fe que me juraste?
Los sauces pintarán con elegancia, bajo el imperio de los euros roncos, en sus fugaces hojas tu inconstancia, y mi tristeza en sus desnudos troncos; destemplados y broncos murmurarán los vientos de aquellos juramentos cuando desafiaste a aquella roca a firmeza… ¡oh dolor! ¡y ahora es aquella en la que sólo estampo yo mi boca, porque sólo tu nombre encuentro en ella.
Tal lo dispuso irremisible el hado; encubra el velo lúgubre y espeso que oculta el porvenir, lo ya pasado. Silvia, murió el amor; mas no por eso te ofendas de que impreso subsista en mi memoria; que si hay alguna gloria en conmover los bellos corazones con dulces metros llenos de ternura, y esto se diere a mí, serán lecciones de tus gracias, tu fuego y tu hermosura.
Y como corren a la mar undosa las claras aguas por el campo ameno, a ti mis versos; bríndales, hermosa, tu blanda mano y tu mirar sereno; guárdalos en tu seno; y al abrigo de aquellas cimas del Pindo bellas, verá, de aliento y no de furia escaso, el monstruo vil que por morderlos lidia, que no se oye en la cumbre del Parnaso el ladrar de la cueva de la envidia.