- De la enumeración de los hechos el primero es la llaga de octubre...

- De la enumeración de los hechos el primero es la llaga de octubre…

la deportación de los hebreos durante el otoño del cuarenta y tres, Emma Diveroli y Vittorio Lowenthal entre los ocho mil de Italia, eso ve el descendiente que en las cercanías de Moisés no ha entrado en la sinagoga, el nieto del sastre que a los cuarenta años reconoce a su tribu por los signos de la desgracia y llama a esta mañana mañana de lo fatídico, manantial para la sed del infierno a la suma inexacta que pronuncia el coro de víctimas, la absorta multitud de inválidos que camina en fila y atraviesa los puentes, la columna de los desvalidos que serán arrojados a la fosa común por el historiador y el experto, por el que sabe los siete nombres con que se denomina el canon de la hermosura en los países que no tienen murallas, el que desconoce el espejismo y llama limo al fuego y hoguera a la brasa de hielo, el que ante las hornacinas saqueadas por las tropas de Napoleón llama Imperio a la multitud de cadáveres y cabeza de hormiga a los datos de guerra. Roma, Roma cubierta por la imperturbable pintura de los excrementos históricos, el cráneo de Pedro frecuentado por el enjambre narcótico de los creyentes, la asfixia del nitrato de plata, los escalones magníficos, los peldaños que conducen a la alegoría del perro, las catacumbas limadas por la horma del pie de los mendicantes, los pasillos espléndidos de la paranoia verde del manierismo de mármol, aquí donde el gran animal africano hace sonar la alarma de su bocina electrónica y la pesadilla de Roma iluminada por un millar de teas humanas es la rosa ardiente de la generación de la Tierra, la lúgubre soledad del césar, la rosa de los libros que leyó Petrarca, el placer ante la crucifixión de una mujer joven. Aquí donde la comparsa de los ridículos hace alianza con los mediocres bajo el atuendo de lo necesario, aquí donde la locura beatífica de las ocas decapitadas en los jardines botánicos hace pacto con las fauces de la alimaña, Roma pulida por el meteoro de los ultrajes, el dolor de las lápidas sobre las que alguien ha dibujado la ofrenda de una paloma, la sangrante conversión de los pies apostólicos bajo el agua abstracta de la herejía, lo que leído como tragedia espiritual, como azar cerrado a la presencia de lo satánico, es edad de los ángeles hermafroditas, ganzúa de carne en la tumba de los patriarcas atléticos. Llamas a esto visión sublimada de la grandeza de Dios nuestro señor de las alucinaciones, capilla de los durmientes decorada conforme al erotismo de la eternidad llamas a esto, como llamas ilusión al diagnóstico de Toni Negri acerca del futuro de la clase obrera, utopía a la quimera que devora a su enigma, la metafísica de la crueldad escrita para Bogdan Bogunovich sobre su pizarra póstuma: ni el propio amor conoce su profundidad si no es en el momento de la separación, como tampoco la separación conoce su profundidad sino es el momento del amor.