el autocar le deja donde la piedra se abre al cielo. En lo más alto de abajo, en lo más bajo de arriba. Tanto cielo, incomprensible desde la casa.
Allí comienza un breve ascenso. Poseída por la fronda y el musgo, la ruina salva su belleza. Quiere mirar con ojos ebrios tanta serenidad. En lo que fuera claustro (y taller) la inútil arrogancia del gesto se detiene.
El tejo habla. Y si el hombre pudiera un voto sería este que sabe ser inagotable sin hacer daño, ser centro y ser contorno bajo la amenaza o promesa de hacerse nuevo sin hacer acopio.
Canta la abubilla su gesto sin dejarse ver la duración exacta del presente. De “El hombro izquierdo” 1997