ni es distinta la copa, pero bajo esta carpa nadie contrata al huésped, y ningún hombre llega hasta su muerto antes de estar vivido.
Y allí rendiré cuentas a la que está diciendo en lo lejano de mí, a la adelantada de mí, lejos del duelo y lejos de la altura de las aves para que no pasan errantes.) De “Por fortunas peores” 1991
De “La prisa” 1994
teníamos la prisa de las navajas. Pero aquella noche el vino vació sus hechuras, y se alzó en nuestro sueño destapando su gato, y comenzó a dolernos no ya la soledad, ni la fatiga, sino algo muy pequeño aquí o allá, y entonces se nos hizo medrosa la paciencia, nueva la leña, húmeda la sal.
Y esa noche temimos nuestro silencio:
eso fue lo segundo que perdimos. De “La prisa” 1994
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20 Y hoy va sin testamento, sin lección, se figura, ebrio tal vez, que va dispuesto a darse, ahora sí, para siempre; a entregarse jurando: nunca mds, no y no. Pero ¿qué hizo? Quizá esa misma tarde alguien había contado, ¿para él? , cómo un día arrojó (poco importa la causa) el cigarrillo con rabia al aire. Pero van ustedes a pensar que les miento, demoraba su final apurando su anís, dio no se cuántas vueltas y luego ¡zas! cayó de pie, idepie! Las probabilidades… proseguía en el tono de quien quiere decir: sólo yo he sido el elegido del milagro. ¿Qué pudo, o en qué prodigio comparable siquiera fundó él su privilegio, qué dejadez ganó?
De “La prisa” 1994
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que para otro se apremia bajo el gastado palio de sus reclamos, bajo sus pretenciosos pájaros sin resplandor?
Avergonzada en su ácida demanda, ¿cómo puede guardarse tanta nostalgia para sí, la sola vigilia toda para sí de un hombre, entre la sucesión y la revuelta? ¿Y cuánto haber salvado puede quien pagaba copa los viernes en la sobremesa de la mediocridad? De “La prisa” 1994
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cada lunes, su lápiz requerido, era otra ambición la consolada? ¿Y quién reclamaría un solo paso, a este que ahora murmura nunca más, entre dientes, y también no y no? De “La prisa” 1994
y sobrio que medía sin ardor sus maneras varoniles: altivo contra el torpe divagar de los buenos ciudadanos.
O a ese otro consciente, de adversario adquirido y amigo devorado. O al celador o al preso. Si tan sólo deseaban salvarse, desesperadamente, salvarse. Bien podríamos amonestar sus idas y venidas. ¿Pero a este…?
¿No era él quien amaba, entregado a cuadernos descuidados, al tocar de la prisa sobre puentes cohibidos por el tiempo, y quemaba sus tardes largas entre manos rojas que le llamaban (que según decía le llamaban danzando) hasta lugares donde le querían traído y extranjero, borracho y extranjero, desnudo y necesario? ¿No era acaso, el mismo que volvía por las primeras luces del mar cantando (casi podemos verle desde aquí, curtido, tan minucioso bajo la resaca del cielo) , respirando toda la vanidad del mar, la recibida inocencia del viejo sol, soberbia? ¿No era el mismo entonces que el que ahora prevalece modesto entre los otros liberales? De “La prisa” 1994
a la pequeña al parque. Me ha pegado ese niño, papá: nada que pueda no arreglarse con una coca-cola. De “La prisa” 1994
y a esa niña mayor y ya no tan segura de que todo el amor le pertenezca, y lee de reojo a un poeta alemán (cierra su libro, y deja el pensamiento en ese charco donde beben los perros, y los niños se mojan los zapatos, pero acusa la presunción del sol, esa punzada viva del mediodía, ese pequeño dardo sin enemigo ni deseo). De “La prisa” 1994
sabe que aprenderá a cruzar las piernas, a sostener su vaso narrativo y su beso poético. No hay nada más en el mundo, quieres decirle, sólo la canción de tus años sobre el atril del tiempo.
Y el viejo error que permanece puro, y el dolor que perdura en el miembro amputado. De “La prisa” 1994
pero al aire, su miedo: se prueba en ese hombre de mirada derecha. Se desea apiadada entre las otras imágenes, tenida, solamente tenida, en esos ojos que la inclinan, en esa mano que acariciando el hule la convoca. De “La prisa” 1994
28 levadura el azogue en su espejo de leche.
Vuélvase tierra el diezmo, harapo el atavío, Hágase enigma mineral su tumba que allí seguirá el hule). De “La prisa” 1994
su derecho al pasado, si tanto se parecen la luz, el vaso, el libro, tanto él mismo, esa mano, el derrotero del día. Si no hay otra diferencia que el momento siguiente, ¿a qué venimos? ¿A qué se vuelve el signo, la lectura de un verso de perdón, la algarabía de los pájaros? ¿Dónde? ¿A qué se vuelve que no es ya el recuerdo sino una vana y seca solicitud? ¿Qué puede la intención, qué la prisa, la delación de un nuevo sobresalto ganado o no, qué puede que cambia todo en este lance y torna prudente la mirada, la tentación consuelo, aperitivo el vino? De “La prisa” 1994
que ya es tarde.
Íbamos al dolor sin desengaño: teníamos la prisa de las navajas, sí, pero ¿qué hicimos?
¿qué, cuando nos dijeron de este lado ya no sois más, no hay nada, esta es la raya de la edad, teneos? Pero cuánta justicia, si bebimos la juventud, la esbelta prisa, el verbo… para que otros hiciesen su discurso a los postres: barriesen las migajas bajo el mantel de la viabilidad. De “La prisa” 1994
para el honor del vino.
Y ellos hicieron esta raya donde antes no había más que piedra añil, olor a nailon, a erosión, a tinta.
Santificábamos nuestro designio en la embajada de los agobiados. Contábamos los días y su número era el número de nuestra apuesta: cisma en los humedales de la palabra.
Brillante en su obstinación, nuestra palabra era el ángel que se vuelve posible, que se pierde entre todos, santo provisional. De “La prisa” 1994
implacable en sus naipes, áspera en su tabaco: ante las puertas, bajo las ventanas, y así entraba en el hueso de luz de los vecinos, así caía en la palma de las buenas mujeres, aireando la alcoba de los borrachos del mundo.
Precediendo a la vida, hablaba en el juicio de los seres que al cabo regresaban a casa con lo justo (lo justo, qué ironía). Destello
la palabra era entonces, hoy es nuestro cuidado. De “La prisa” 1994
para que el número no tuviese lugar, Y allanaba las noches nuestra lengua (entrenada) para estorbar la falsedad del número.
Pero fue condenado y orecido, tasado en el quiosco de las anchas maneras, visitado y mentido nuestro idioma.
Y la duda se interpuso entre nosotros como la certeza se interpone entre los esposos.
Mas si hubiera ganado su secreto la palabra esperada habría salido limpia contra toda angostura. Habría sido mudo reparto y sido reparación. Habría hecho de ese momento un canto de partir: eso fue lo siguiente que perdimos. De “La prisa” 1994
¿qué lenguaje resiste? Tienes algo de ensaladilla en la nevera. El martes cumple años tu hermana, no te olvides de llamar al despacho. Y unos pocos trazaron esa raya.)
Íbamos al dolor sin desengaño. Ahora vamos a él como engañada va la mano a la falsa quemadura en el miembro amputado. De “La prisa” 1994
tan tratable y tan corto, egoísta en su mal.
Y del hombre ejercido (¿para qué sin ejemplo, sin pereza?), tras callar su jornada y su descanso, y sin mas compañía que esa rara canción que nunca cede, esa ternura a la que debe apenas restos occidentales, el olvido de algo cada vez ya menos suyo (cada vez más borrosos jirones, menos anchos los días hasta aquí, menos vivido), ¿qué queda, quién parece ahora tan separado de su haber? De “La prisa” 1994
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tan pronto el corazón, y tarda tanto la vida. Ya no quiere sino una potestad e ir hacia ella, salir de suyo a la espesura, presto al mundo levantado, al pavor de estar vivo y solo. Tú qué sabes, qué sabes, le solía decir su padre (como a todos), si eres demasiado inexperto, demasiado pequeño aún. Ya había decidido ir tras otro dominio cuando esa mirada le ha hecho crujir el hueso. De “La prisa” 1994
frente a su copa de coñac, su poco de entereza (orgullosa mentira) mientras mira la idiotez de la suerte dispuesta en varios cofres gigantes, cuando entra su mujer: ¿Se ha dormido la niña? Si volviera pronto el mayor podrían salir a tomar algo. Dame un poco de masaje en los pies: estoy rendida. De “La prisa” 1994
De “El hombro izquierdo” 1997