Nada o los Dioses

Nada o los Dioses

Tendrás que decidirte.

¿Y si el príncipe entre ser o no ser elige «o»?

Algún día tendrás que decidirte.

Los recuerdos dispuestos para cera y alfiler de vudú, eso o la nada: la nada o el presentimiento de quien se lava las manos, se enjabona con la roja pastilla de su propio resbaladizo corazón: el corazón grabado en el árbol, su flecha o la manzana sorprendida por un gusano de oro: veneno, amor. Y muerte y fruta que en la más alta rama de ese tronco tatuado a punta de navaja adolescente desafía la gravedad, reta al soberbio desnudo del primer pecado o paraíso.

Los recuerdos, la nada, el corazón, veneno, amor, eso o los dioses. Los complicados dioses del dios que al hundirse la tarde despliega sus grandes alas blancas sobre las aguas igual que un salvador nenúfar, flotar para luego estrellarse contra el silencioso y excitado iceberg de su pecho. Naufragio o mares que en verano reciben los cuerpos con el ansia sagrada, con el mismo antropófago misterio de la transubstanciación.

Tendrás que decidirte. La noche, Rimbaud o Emily Dickinson, turquesa y devorado, o la noche entera de la luz encendida en lectura, en poemas, para que no arroje el insomnio su fantasma, su pañuelo blanco de muerte sobre el rostro, para que las islas de nunca jamás salgan volando igual que una bandada de cometas huidas y, al fin, una cabeza se recline en tu hombro como si fuera el viento suave que tumbase los trigos. El humo de los trenes, el humo de los barcos, los muelles, el andén, las estaciones… los ojos de ese niño solo tras el cristal de un autobús, su brillo húmedo que desmiente la sonrisa que dedica a sus padres. O el disparo redondo de una O antes del alba y tu propia cabeza caída: caída como el cuello roto de un cisne que era un dios, una media de seda posada en tu clavícula. Tendrás que decidirte: la O es el nido obscuro donde un caníbal sueña con Rimbaud pero se tiende bajo el peso del esqueleto ingrávido de un ángel. Tendrás que decidirte: no hay vivisección posible sin sangre salpicada de polen sobre el mármol, y aún menos cuando son las vocales brillantes insectos de colores metálicos que entran por la herida del costado abierto del poema. Nadie elige entre la lluvia en el patio vacío del colegio y la lluvia en las hojas antiguas de las aspidistras, nadie escoge de los invertebrados la pequeña luminiscencia que podría salvarnos. Optar es desprenderse de un brazo como de un largo guante malva. Amontonar besos igual que un hormiguero de arenisca. Fingir que la nostalgia no te va cubriendo de clorofila y una dulce ondulación verde es ya la espalda, y pesa.

Juego infantil, cruel: o esto o nada. Esto o el tiempo en que la espuma de afeitar era sólo un perro rabioso, el mendigo del papel de plata con aquella pregunta sonando como una moneda siempre en su boca, a quién quieres tú más.

Y quieres más azul, más violencia, más rayas en la cebra y más colores en sus rayas, quieres una doble orilla en donde cada ola pueda dejar su propio ahogado, y llevarse mar adentro la sombra, ya como piel mudada, vacía de ese ahogado. Quieres volcar el tintero y regresar al último pupitre donde los ciervos, los leones, las águilas… todas las fieras de la selva continúan en los cuadernos amarillos aprendiendo todavía a multiplicar. Quieres la huelga de los mineros secundada por la Vía Láctea, el peine que deja los cabellos salpicados de pequeñas interrogaciones como fosforescentes caballitos de mar, quieres la tímida pólvora de Emily Dickinson para que el guerrillero cargue su fusil.

Desasosiego, asombro de la O en su horca o su sexo.

Y quieres para abrazar, para escribir cartas a los amigos, huellas dactilares que impriman la aurora boreal, para rozar la mejilla hermosa, cansada, de tu madre , quisieras, como antes de entrar al cine, la tibieza en las manos del mágico cartucho humeante de castañas.

Decidir no es temer. Amar no es decidir. Sea, si tanto quieres, el misterio de ambas: disyunción y a la par, al tiempo, analogía: sea escritura o paraíso, nada o los dioses.

De “Escritura o paraíso” 1998