Todos los pasos tienen la forma del pasado, la forma de las formas donde todo se muere cayendo en su recinto de plata desbordada, elegida en el borde de las sombras azules.
Debajo de los días de mis contestaciones a todas las murallas que la noche reparte en torno a mi tristeza de roto alucinado donde el sol no golpea con sus labios en flor.
Debajo de esas causas de elemento remoto: de esos pasos perdidos que mis manos soportan, escribo dulcemente con el rostro vertido hacia la extensa tierra que se eleva ante mí.
Es una tierra lenta de rosas muy oscuras, una tierra de nombres y puñados de vidrio, una tierra de grana con estaño incendiario, una tierra de paja con trenzas de aceite.
Todos sus movimientos me consultan ardiendo, todas sus invasiones se me acercan de pronto; cuando de mi agonía resurjo hacia las calles y paso por mis sangres escucho sus lamentos.
Voy a estar concordando las cuerdas de esa luz que el aire petrifica rondándome los ojos. Voy a poner sus arpas encima de mi mesa donde escribo despacio su forma desgraciada.
Son rediles de polvo mezclado con topacios, pescados hacinados sobre la cal deshecha son hombros de jacintos y caderas de sábana donde todo amontona su rumor de maderos.
Todos los pasos tienen la forma del pasado; de un pasado sin boca para besar la orilla de otra existencia hermosa que nunca se ha tenido a pesar de las fiestas del corazón en llamas.
Entonces a lo largo de mi paciencia nacen las tibias caravanas de las blancas cisternas, los amores redondos de los pozos ocultos, las banderas inscritas en le mármol salvaje.
Miro con mis recuerdos la zona de ese campo en el que un gran sollozo persiste de rodillas. Desde la tarde o noche donde un árbol violeta esparce su mirada, también contemplo el tiempo.
Miro su vestidura de brillo y crisantemos, su peligrosa fuerza de ventana cortada, su pensamiento vivo creciendo con las zarzas entre las alabanzas de los cánticos solos.
Debajo de esas causas de elemento perdido hay una tierra suave que palpita ante mí. Es una tierra echada sobre su propio vientre lleno de estrellas negras y de voces lejanas.
Cuando todo lo mío se muere y despedaza partido por el ansia de lo que me traiciona, del crimen cometido por mí contra mis cielos yo miro ese terreno de temblor y ternura.
Escribo para oírme vivir sobre sus tersas orillas renacidas en un sarcófago rojo. De sus sonidos de oro tomo mis instrumentos hechos de siemprevivas y cabellos heridos.
Todos los pasos tienen la forma del pasado donde todo se ahonda cayendo hacia el amor, que es la perfecta nada de todo lo que canta con la mirada aguda que el diamante describe.
Ya sé que me repito como un muerto que avanza desde sus pobres ropas deshechas y en la sombra, hacia la caja enorme donde el mundo le estrecha para guardar la esencia de su ser miserable.
No me importa la gloria que grita en las paredes con garfios de tormento la aurora de los días. No obstante, reconozco la causa de mi origen atado a la salmodia de los nombres que crujen.
Debo cantar las ansias de la roca extasiada, las ansias de los peces que lloran su océano, las ansias de los signos escritos con zafiros en las llagas inmensas de las naciones secas.
No me importa la gloria, pero adoro mi voz; mi voz hecha de torres y relámpagos negros mi voz de combatiente por una guerra antigua, mi voz de sacerdote con ojos de jaguar.
Es donde mi tristeza se transforma en países, en lo que todo estalla en floras de riquezas, en las que me sumerjo con las venas abiertas para llenar mi espalda de tatuajes eternos.