Las aves infinitas del amor...

Las aves infinitas del amor…

Las aves infinitas del amor están petrificadas en sus lechos de roca cristalina y solitaria. Son aves vivas pero muertas. Son.

Sus alas ya no tiemblan ni en el cielo se sabe que fue el vuelo de las aves. Unas son transparentes como vidrios. Otras son de basalto impenetrable.

Vivieron en los árboles y ardieron entre los gritos ávidos del júbilo. Pero todas cayeron desde lo alto. Están petrificadas para siempre.

Pienso en la claridad de tus cabellos…

Pienso en la claridad de tus cabellos en la azulada línea de tus ojos yen el espejo blanco de tu rostro circundando de espacio y oro verde.

Pienso en el corazón que se asomaba a la música densa de tu voz y que se difundía en el paisaje que sólo te podía responder.

Pienso en la soledad del mar oscuro, en la del muro gris en que resido, Bronwyn, y en la locura de saberte perdida en la espiral más divergente.

Regina tenebrarum

Ira, suma, lira, ¿será rimar?

Como si los leones devorasen tu cuerpo, y tu sanrgre corriera sobre el mármol escaso. Así te miro, pensando en el sagrado día de tu muerte, cuando un sepulcro inmenso beberá tu hermosura quemada por el tiempo. Habrás sido una música ciega en lo alto de un muro. Mi larga maldición te pertenece como tus propios huesos, llévatela contigo a la tierra. Tenebrosa, ¿de qué te sirve tanto oro confundido con plata? No podré ver tu muerte, comprobar tu agonia; sólo tendré una escueta noticia inacabada. la certidumbre del lugar ocupado por tus «restos» y la seguridad mayor de que no he de nombrarte cuando me refiere a mis ángeles clarividentes, erguidos.

Los trozos de tu cuerpo estarán en mi recuerdo, no entre las garras de las fieras. Tu fragancia infernal aún será mía. Las letras de tu nombre descompuesto formarán otros nombres y en la pradera violeta crecerán otras torres en los atardeceres prolongados por la sed hacia el pozo donde tú, entonces, vivías cuando el cielo era rojo y los árboles escarlatas crecían. Así acontece ya con cada instante. El sonido es la muerte que todavía resiste y levanta, sin manos, un gesto hacia lo vivo. Oye mi corazón; se está moviendo. Y esta música horrenda que no le conmueve soy yo.

Ven a verme llorar, no lloro con los ojos ni con el pensamiento; lloro con las entrañas, con los dedos quemados, con la frente rajada por cuchillos y con la llaga en llamas que yo todo soy. Desciende del palacio, ven a verme llorar.

Verás un monasterio cuando se despedaza y verás dos mil años en sólo unos momentos, o en un tiempo tan largo que la historia del mundo no llena su interior. (Allí dejamos sólo un corazón abierto. El árbol aún hablaba cuando ya no era nada en el campo monótono.) Schoenberg está loco en el jardín de mi casa interior Los jacintos aún florecen en la noche del África. Dejadme, suplicó aquel mendigo. Lo dejaron sin brazos, sin labios y sin ojos. Yo tengo que recoger su espíritu, bajarlo de la cruz, y llevarlo a la cumbre de esta Tierra maldita. Necesito las hachas brillantes, el punzón que se clave en el centro de lo Negro. Yo fui dorado como la nube al sol o como la corona del monarca apresurado a sentarse en su trono. ¿Dónde está mi draconario? Las galeras han muerto, las torres gimen en aglomeraciones de cenizas y sus manos se agiten en un aire abrasado. ¿En qué guerra me podría salvar entre esta turbamulta horrible de cristianos siniestros?

¡Violentos, venid! Dentro de le dulzura se vierte lo corrupto y los tejidos cantan un halo segregado. Heridas sobrenadan, hierbas, cruces. Y el cabo de la rosa se repite el sudario. Todos los cauces hablan con sus más grises bocas, las rondas de las rocas viven bajo la tierra. Oh, jardín oye tu propia voz clavada en un pedazo de inoíble papel. Óyela y llora.

(Al amanecer, me aproximo al gran Valle perdido como si fuese un gigante de piedra.)

Dime, belleza, ¿dónde te ocultarás cuando no exista este sonido al que, feroz, te aferras? ¿Sabes lo que es el mar? Piensa. Un día vi una llaga horrorosa. Parecía una flor, una torre, un extenso pisaisaje bajo un sol de plomo. Le pregunté: ¿Quién eres? Me contestó un sonido sin habla, un lamento que aún oigo sin oírlo, un gemido sin letras. Pero creo que mi nombre decía. Es como si, de pronto, mis heridas hablaran y los ramos violetas que envuelven mi corazón temblasen en la cabeza blanca del cementerio, así una música absorta se eleva de las casas e intenta retornar hacia el ave secreta que te deshace lejos. En la montaña abierta de par en par. en aquella celeste puerta por la que ya no pasamos, nuestras imágenes lanzan gritos agudos y semejan relieves de cristal y de acero, un Géminis de sangre. Como si los paisajes fueran cerrojos y tus manos la rosa inmensa que tapia los cielos; así me acerco en silencio a tu gigantesco recuerdo, mientras los lobos gimen en torno mío y una esvástica negra persigna mi frente donde siempre persistes y donde te transformas en una fuente alada. Pero la Oscuridad es tu dominio y por eso me voy oscureciendo, Regina Tenebrarum. ¿Dónde estará nuestro reino?

Todo se ha muerto ya cuando contemplo…

Todo se ha muerto ya cuando contemplo tus senos de ceniza entre las hojas doradas de un silencio grave como la espada vertical con que todo se corta.

Cuando contemplo el cáliz de tu rostro, mi graal absoluto, tan lejos en espacio como en tiempo y en su combinación de alejamiento intrínseco. Cuando contemplo el fuego de tus brazos ardiendo entre los dólmenes que sueñan bajo la luz verdosa de los claros del bosque.

Toco tu corazón con mis palabras que apenas son humanas por tan ciegas y mudas en lo inútil; porque grabar estelas es trabajo de enterrador y no de amante.

Tono de conjuro

Cada grito que pide un lunar eco es la sed que atormenta a un árbol seco.

Cada piedra que sola se levanta es la estela de un dios que nadie canta.

Cada surco de cal, cada amargura es el muro sin luz de mi locura.

Cada rosa de vidrio, cada llama es la voz de un temblor que me reclama.

Cada playa sin mar, cada desnudo es el campo de sol que nunca eludo.

Cada sangre que sé, cada manzana es la senda, del mundo, más lejana.

Cada verso que escribo, cada canto es tan sólo un conjuro; sólo tanto.

Tres poemas a Numancia

  1. La tierra

¡Oh, tierra! Tierra, campos, rosas, rosales de tierra desgarrada: de tierra de silencio y de amargura abierta a los puñales y los besos.

Aquí quiero cantar, sobre tu pecho, la inmensa soledad de tus llanuras, el oro calcinado de tu trigo, la noche de tu sombra y de tu pelo salvajemente ardiente.

Quiero llorar por tus montes violetas, por tus vientos helados, por tus surcos sembrados con metales y con huesos; porque pareces el fondo de un océano, colmado de naufragios.

¡Oh, tierra! Tierra mía, tierra antigua, durísima y paterna.

  1. El enemigo

Un ruido de cadenas y caballos se acerca por el valle.

Negras espadas, tétricos arados quieren tu espalda pura, ¡Oh rosa delgada! ¡Oh virgen campesina!

Lívidos tribunos, altos centuriones, vienen con rojas enseñas, vienen con tercas amapolas, y con palacios de lanzas resplandecientes.

Un ruido de caballos y cadenas se acerca por el valle.

¡Afilad las lanzas y los dardos! ¡Reforzad las torres y los muros! que los romanos vienen con látigos de hierro enloquecido y lobos de basalto.

  1. La ciudad

¡Numancia! Qué pena dan tus cercados, tus débiles violetas invadidas, tus sollozantes casas sin ventanas y aquel color tan triste de la lluvia sobre tus hombros muertos toma.

He de hablar con dulzura absoluta de tus pálidas trenzas de barro, del país traspasado que dominan tus canciones humildes, tus violentas canciones.

Y de la oscura paciencia abandonada con que estabas ahí, sentada en tu colina; cinco años, diez años, veinte años, esperando soldados y soldados, legiones y legiones, Cónsules y Cónsules crueles, con águilas rabiosas y tenaces armas, y suplicios, y murallas.

Quiero hablar de la harina más triste, de la carne más seca y solitaria, del invierno más lento, de la noche atada a un gran dolor más hondamente.

Y gemir por tus ojos profundos, por tus rosas quemadas, por el suelo, por tus blancas gavillas de ternura, por tus muertos sin cuna ni sepulcro, por la misma grandeza de tu nombre inextinguiblemente herido.

Triste, mi corazón, como los ángeles…

Triste, mi corazón, como los ángeles que sólo son cenizas estelares, polvo de las galaxias más oscuras, consunciones de cánticos ausentes.

Mis manos me acompañan hasta el bosque donde un instante estuvo tu fulgor de pronto recobrado por los ávidos poderes de la nada y de lo nunca.

Me caigo en torno mío y me deshago en un montón de letras en que apenas tu nombre de amatistas y de muérdago, Bronwyn, no se desgasta con el tiempo.