Cada grito que pide un lunar eco es la sed que atormenta a un árbol seco.
Cada piedra que sola se levanta es la estela de un dios que nadie canta.
Cada surco de cal, cada amargura es el muro sin luz de mi locura.
Cada rosa de vidrio, cada llama es la voz de un temblor que me reclama.
Cada playa sin mar, cada desnudo es el campo de sol que nunca eludo.
Cada sangre que sé, cada manzana es la senda, del mundo, más lejana.
Cada verso que escribo, cada canto es tan sólo un conjuro; sólo tanto.