Triste, mi corazón, como los ángeles que sólo son cenizas estelares, polvo de las galaxias más oscuras, consunciones de cánticos ausentes.
Mis manos me acompañan hasta el bosque donde un instante estuvo tu fulgor de pronto recobrado por los ávidos poderes de la nada y de lo nunca.
Me caigo en torno mío y me deshago en un montón de letras en que apenas tu nombre de amatistas y de muérdago, Bronwyn, no se desgasta con el tiempo.