A mis manos

A mis manos

Formas infatigables de mi alma, blancos rayos de luz sobre las cosas, terrenal soplo abierto, alas mías, que me arrastráis sin freno ni codicia por esta indescifrable primavera del ser, los tactos, la tibieza, el frío, las formas y el color de sus pasiones, los más ocultos sinos de la tierra; ¿dónde vais desbocadas, presurosas, a qué porción del mundo oscurecido, a qué estelar materia abandonada osáis acometer, cual si en los dedos harpas o púas de un amor ardiente guiaran vuestros toques extasiados? La delicia del mundo os acompaña en ese deambular como a las aves, que van y toman siempre insatisfechas de su angustiado vértigo amoroso y alguna vez detiénense cantando el repentino goce que las prende a esa mortal belleza de la tierra. Así vais y venís, cual alejadas de mí y mi ajeno rostro entristecido, entre cosas, materias vulnerables, cuerpos, sustancias, posos, ilusiones, roces enervadores, somnolientos seres que al ser tocados se despiertan, superficies hirsutas, densas moles sin forma ni color que están temblando, apariencias hermosas yabsorbentes, yertos encantos, toscos materiales que conservan extraña lozanía, inmensa exploración de los sentidos en las ligeras naves de mis manos. ¿Dónde depositar tales tesoros? Poseer, poseer, parece el sino de vuestra inagotable extravagancia. Acumular los dones de la tierra, los impalpables brotes del pecado, los frutos de la nada, los carnales relámpagos del ser, ¿en dónde ocultos? ¿Dónde lleváis, al son de qué festejos, de que hastíos solemnes, de qué angustias, ese espectral tesoro arrinconado, a qué desván espléndido de polvo, donde un fantasma llora arrepentido? ¡Volad, volad, extrañas claridades, gracias definidoras que sentencian Con su tacto el valor de lo existente, ligerísimas hijas de mi cuerpo que en su graciosa furia enajenada húndense en el vacío, despertando el misterioso sueño de la tierra y después me abandonan los rumores, el humo, la ilusión, las ansiedades, el engaño de gracia y de hermosura, esta ficción alada que construyen con sus tristes techumbres c ontra el cielo! Si tras los años puedo en algún día, posado en una roca inexistente, la gran melancolía de los dioses revelar, meditando hacia la tierra, diré: Yo te conozco, extraño mundo; tu horror y tu delicia en el recuerdo no me dejan gozar en mis alturas el reposo anhelado. La corona de terrenales flores no la siento sobre mi sien desnuda y desolada. Manos que reposáis tras los abismos de espantosas distancias: ¿qué inquietudes me transmitís, aún yertas en la sombra? De “Las iusiones”