Presiento una larga noche de silencio, una pausa misteriosa sin palabras, como si unos brazos doblados como plumas recogiéranse de nuevo en su originaria mudez.
Lo que se habla al mandato de la poesía no da luz al que dice sin quererlo esas aterradoras resonancias antiguas enviadas como rayos sobre la paciente humanidad.
Caída su lumbre en el corazón de quien la escucha, ¿qué queda en aquel que vio fluir de su mano la chispa de los grandes designios? Una nube de cenizas ciega sus ojos,
como los nubarrones se oscurecen tras el alumbramiento fugitivo de la tempestuosa tormenta. Luego callan, más seductores en su enigmático mutismo.
Tan sólo la embriaguez de unos momentos tienta al canto motivo de su ser. Y cuando cesa un poeta de hablar esos oscuros signos que despiertan el terror o las ávidas pasiones en los mortales indefensos,
todo él enmudece como una piedra prestigiosa y ciémese sobre la vida una bonanza, un cierto fresco que engaña a quienes se recrean bajo su sombra, porque en su seno hierven peligrosas las canciones venideras.
De “Las iusiones”