(Apunte para una oda anacreóntica)
No sé si era nostalgia. El amor y el recuerdo estaban confundidos en mi ser. Entrelazados quedarán en la memoria como un sueño que resplandece, y el corazón seguirá ignorando el origen de tanta clemencia.
¡Crepitante laxitud que enalteces mi desfallecimiento, mi mísera condición terrenal! Bajo tu sombra morada descansé un día, venturoso, y en el olor caliente de tu existencia me anegué de desesperación porque el sol ácido ponía un cerco de mortalidad al amoroso refugio.
Cabellos tan frescos como los pámpanos entre cuyo follaje tentador crece el higo, más triste que la soledad; dulce y caliente es la clara miel de su boca, y entre sus labios maduros busca el poeta el sabor de lo irremediable.
¡Ah, las alas de oro, los listados cuerpecillos de las abejas, cuyos besos de fuego se cumplen y en cuyo amor se apaga el centelleo de la divinidad! Si mis versos os siguen con admiración y aspiran a eternizar este recuerdo del ser a quien amo, es que mis alas son las palabras, y sin ellas caigo desvanecido en un torpe sueño.
De “Las iusiones”