La isla

La isla

Felicidad, no supe hasta este día que como un abanico entre sus pliegues guarda en sí ese paisaje deseado del aire, tú en ti misma te encerraras, sin que el hombre cansado consiguiera ver llegar a sus sienes la frescura de tu aliento. No solamente el oro necesita que el ávido lo busque para que en nuestra mano resplandezca; todo goce es igual, todo está oculto a la humana ansiedad, mas si el encuentro surge al fin, ay, sabemos que no es nuestro, tan sólo es una dicha de sí mismo. ¿Cómo no contemplarte si meciste tantos años la imagen que pedía nuestro amor a otro cuerpo? En unas horas déjame que engañado me abandone a mi torpe ternura, y en tu suave pecho quemante duerma unos momentos la languidez. Yo sé que los estíos pasan sobre la tierra y se marchitan los cálices primaverales, veo cómo las nieves antes que florezca el sol de abril descienden de las cumbres donde brillaron, mientras las mañanas no dejan para ti de abrir sus lentas lenguas de fuego y prenden en las noches de tu cálida piel, cual vivas joyas, las luciérnagas; deja que me anegue en tu monotonía, que es la sombra del amor, cuando tiende como brazos sus redes infinitas al amante, rendido en virginal prisión eterna, como un dios en su isla. La ventura concédeme al igual que a esos pequeños seres que duermen en tus anchas ramas, tranquilos al saber que el nuevo día repetirá al siguiente y al pasado la febril somnolencia. Pueda al menos, como este mar que olvida sus pasiones sombrías en el fondo de sus aguas, acercar unos labios murmurantes en cuyo fiel latir apenas se oyen las lejanas empresas. ¿Cómo luego de haberte abandonado, como tantos, para hundirme en la hostil indiferencia dueña del mundo, logran mis desvelos decir que busco aquello que mis ojos vieron pasmados, como a un ser, un día? De “Las iusiones”