En los postreros días del invierno las claras lluvias alzan del abismo un velo luminoso. Despejados espacios flotan sobre las aguas invernales, y un recóndito prado verdeante surge ligero. Entonces una sombra graciosamente andando reaparece hacia el claro horizonte derramada, y tras su espalda se abren los rumores de una ofrenda gentil. En sus tobillos sopla la brisa el surco de su velo, y cual aparición queda en las almas de arrobamiento. Apenas alejada, sombra o verdad que cruza melodiosa, sentimos nuestros pies paralizados por su espectro ligero, y en las plantas de nuestra mansedumbre ya verdea el pálido confín, y los arroyos se vierten como música en la tierra. Sagrada luz resbala en nuestros hombros cual un tibio vestido y contemplamos, como hijos del sol, la nube henchida vagar y en la ceñosa peña abrirse la llama de la rosa. Es, nos han dicho, la dulce Primavera; id a los bosques donde al pasar la oscura tentadora ha quedado un temblor insatisfecho entre las misteriosas aves frías que pueblan esas bóvedas silvestres. Joven es el amigo que acompaña nuestro pasmado anhelo con su casto corazón encendido; ya no sabe si es amor o amistad la que enamoran sus delicados ojos, y se turba ante la hermosa vida revelada. ¡Cuán breve es la embriaguez para los hombres! Hoy, cuando he visto a aquella que ensimisma los terrenales campos y los llena de un fulgor amoroso, fui delante de la visión que antaño sedujera mi mortal alegría y la vi extraña, Con sus negros cabellos recogidos por triste diadema, cual la sombra de los que como el oro recordaba brillar entre sus velos. Sus ropajes cuelgan ensombrecidos con un gesto de cansada arrogancia. No muy lejos se oyó cantar la tórtola dolida en íntimos coloquios, y la dama miraba con intensa servidumbre las frescas violetas germinando entre las verdes hojas de la noche. Al acercarme vi su frente blanca de extenuación y dije: ¿Tú quién eres? Soy la Melancolía. De “Las iusiones”