Homenaje a Porfirio Barba-Jacob
Me veo precisado a repetirlo una vez más: mis solos compañeros de ruta y lecho: jóvenes que fuisteis mi tentación más firme y el encanto de mi flaqueza. Debo repetirlo por última verdad: os amé a todos cual si fuerais el mismo y el distinto que cada vez mostrábase a la vista como un primaveral brotar de nuevo: fuisteis David, Tobeyo, Albano, Cinthio, y aquél que no durmió nunca en mis brazos pero supo decirme como nadie que me quería. Espectros redentores de mi corporeidad, númenes vivos de mi pasión, tormentas fugitivas de mi buen tiempo. Chicos azarosos que con vuestras muchachas e inquietudes cumplíais vuestro sino dando el pecho a toda adversidad y pregonando la frágil dicha, el sueño interrumpido, lo duro que es vivir aun siendo joven y la mucha energía que se gasta en tratos baladíes. Pero entonces, como quien oye a Dios o algún maestro que suele aparentar su misma calma, veníais a buscar en mi clemencia el resplandor difuso de mi sombra rodeada de sol como un gran árbol que nos acoge en sí y que nos preserva de no sabemos qué, muchachos míos, de no sabemos qué. ¡Qué más quisiera que haberos preservado eternamente de vuestra soledad originaria, de vuestro desconcierto! Nunca pude sino disimular mi limitada zona de luz, lo poco que tenía, para que sustentáramos unidos esta gravitación de la existencia. Pero os he sido fiel y eso me salva. Estaban bien dispuestos los altares en los que colocaba cada noche vuestra imagen triunfal con su avecilla de temblorosa luz. y aun cuando a veces la soledad rociaba con ausencias mi corazón, presagios eran siempre de una nueva deidad que se avecina, y pronto dibujábase en la mente un inédito rostro que aportaba con el sueño pasado la extrañeza de un nuevo amanecer: constancias mías de la cambiante forma que me disteis. Así quiero que conste en mis palabras lo que es verdad y nadie desvaríe cuando quiere emplear la suficiencia y hablar de lo que ignora. Sólo sabe quién es quien se hace dueño de sí mismo. Yo soy quien os amó. Vosotros fuisteis los órganos florales de mi suerte. y ahora que ya no estoy sobre la tierra y que en hombres vosotros convertidos añoráis algún día la fragancia de lo que se extinguió, sabedme siempre, I dispuesto a recrear no importa dónde, ! no importa con qué nuevo compañero, la evanescente forma prohibida, este inútil contacto perdurable que fue mi meta.