Aquí cada tarde se llevan los bancos y nunca encienden las farolas. Los jaramagos mueren de lepra entre las ortigas densas y el paisaje agoniza en la luz quemada de los cementerios dormidos. Es muy posible, justamente lo es, que después de esta hora el sol se serene y venga de nuevo una noche madura, desnuda por el mar, a traer la soledad de las lápidas blancas y el lamento lejano de un fado en el crepúsculo. La sal ha secado el terreno adonde sólo llega el bronce multiplicado y roto de las campanas, el gesto de arena de la melancolía, las alas crujientes de los pájaros muertos. Aquí nunca encienden las farolas, y el viento seco del desamparo aúlla como un lobo solitario y perdido entre el salicor y las piedras.