Resonante, jadeante marcha el tren. A. Machado
Y ese tren que se va, con ruido alegre de silbidos y alegres despedidas lo di ya por perdido. F. Benítez Reyes
de gélido cansancio, de lluvia sin sentido. No tardes, que los peces del mar se desorientan, se van las avefrías camino del otoño.
No tardes. Los jazmines despiertan de la siesta y vuelven a dormirse callados por la ausencia. No tardes, que las calles no encienden sus farolas, ni empiezan en los cines los sueños inventados.
No tardes, que te espero sentado en la reliquia cansada de mi alma antigua como el vino. No tardes, no me abras las páginas pintadas de olvidos y resacas, de nieve en los espejos. * * *
que cruzaba mi calle con sus alas de libros, la mirada perdida y la blusa celeste de colegio de monjas. Golondrina de tardes, te miraba asomado por los vidrios de enero. Se imantaba mi pecho en aquellas ventanas apagadas de luces, telegramas de lluvias.
Siempre fuiste viajera y cruzabas mi calle hacia el blanco ciruelo y las cepas podadas, hacia un mundo de cañas y macetas azules donde estaba la casa, nido tibio de invierno.
Vino un tiempo deleble, de siluetas lejanas y tu casa quedó atracada al olvido y mecida en la niebla de los muelles borrosos.
Viene el tiempo a su cauce, mariposa invisible, y volviste volando sin la blusa celeste, sin los libros del aire y tus alas son otras.
Pero un nuevo temblor resucita en mis labios y aún revienta la luz en la cal de la calle desde donde la tarde pensativa se asoma al balcón de las olas repetidas de entonces. * * *
hiriendo con ventosas los pechos de la aurora, vaciando de silencio las sábanas del sueño con trompetas heladas y teclas invisibles.
La luz. Y las maletas detrás de los portales como perros sin dueños esperando acomodo en los trenes que arrastran por el hielo los pasos que conducen al frío temblor de los andenes.
La luz de cada día de nuevo en las ventanas…
La bruma arrinconada detrás del horizonte espera la llegada constante de los trenes, y los postes del tiempo, fugitivos espejos, recorren las lucernas de mis ojos atónitos. * * *
Ser poeta no es una ambición mía. Es mi manera de estar solo. Alberto Caeiro
La hueca soledad de ruinas calladas que se acuesta en las tapias de las casas caídas por el viento de siglos y las lluvias tenaces, la misma soledad de búcaro en invierno que ha llamado a mi puerta y me espera paciente, sabe bien que es eterna tentación en la umbría de los muros vencidos que ya nada resisten.
La sorda soledad que conozco hace tiempo, que ha vivido conmigo en ciudades diversas, en diversos recintos acotados al musgo.
La soledad desnuda, de pechos prodigiosos y tentadora boca que llevan al olvido, la soledad amante, puta súbita y bella en los vidrios sin brillo, en el cáliz gozoso de abandono lascivo, ha llamado a mis huesos y me pide cansancio, y me ofrece un celeste relicario de sombras.
Soledad o clemencia, sucesión de los días por las aguas dormidas.
Tomaré la tristeza que me ofrecen sus pechos, volveré hasta el aljibe de los pájaros dulces, al incendio de chopos amarillos del alba. * * *
tras meses de avenidas umbrías y de lluvias en el jardín cerrado, en la casa que abre sus ventanas al cielo y al verdor de los montes pendientes de amapolas, te deseo. Te invoco a la verde marea de viñas encendidas, al incendio de rosas que me enturbia la boca.
Te llamo y te deseo como llamo al constante resurgir de las hiedras y a los nuevos paisajes de la aulaga amarilla.
Te llamo al mar de siempre, al de las olas blancas y desnudas estelas.
A los juncos te invoco y te invito a la rama de los pájaros mudos. No tardes. Ven. Te espero con la luz en las manos y en los ojos la llama temblorosa de vida.
En estas tardes plácidas, las últimas de marzo, buscaremos cerezas en los tolmos del sueño y en los llanos despiertos. Jugaremos al sol en los campos de aulagas, en los chopos del aire que al invierno han dormido. * * *
…yo voy muerto, por la luz agria de las calles J.R. Jiménez
Es día de difuntos, exequias de noviembre, me anudo la corbata y asisto al funeral del hombre sumergido en tumbas de ladrillos, del hombre sepultado que asiste a la agonía.
Cuerpos a la deriva por pasillos de insomnio he visto esta mañana, por las dunas de asfalto y jardines de hierro; ataúdes de carne en esquinas heladas. Muertos en las aceras, todavía calientes, respirando lo hueco. Muertos en los negocios que producen el oro que requiere Caronte.
Hoy he visto rebaños de difuntos al paso que les marca el entierro, sin dolor ni recelo; el espanto es de vivos y los muertos no sienten, sólo habitan la nada.
Es día de difuntos, día exangüe de niebla, cementerio de vivos, columbario de ideas, es un día cualquiera, como tantos, vacío, sólo lleno de muertos, sólo lleno de muertos.
Muertos, trenes de muertos disidentes de vida, empañados del vaho que les ciega el cerebro.
¿La esperanza está viva? Quién nos pone los trenes sin cabinas ni vías, sin ventanas al viento.
Oh, necrópolis vanas, apestáis al vacío de las tumbas sin cuerpos. Quién nos pone los trenes… Olvidad la esperanza, que también dios ha muerto. * * *
que las aves imitan, una incierta conciencia de la vida que pasa inútilmente bella, hermosamente vana, calladamente quieta. Es el mudo deseo de ser hoja en la brisa lo que emulan las aves. A veces el mar tiene una cierta tristeza que las aves imitan, el rotundo vacío de un poniente sin ecos de veranos antiguos. Es la blanca nostalgia de la infancia sin prisas lo que emulan las aves. A veces el mar tiene las ventanas abiertas y el batir de visillos que las aves imitan, un aroma de fruta otoñal y madura en el cesto dormido. Es el lento destino en espejos de agua lo que emulan las aves. A veces el mar tiene reflejos de mis alas. * * *
que el olvido y la dicha de los líquenes blancos.
El sereno silencio me ha marcado en estigma con letargo de dioses y crisálidas negras.
Ponme vino en los labios con los tuyos. (La copa no me importa que sea del color de tu carne ni del tibio cristal de tus muslos desnudos).
Dame vino en la llave poderosa que abra las entradas al mar del constante abandono.
Ponme vino despacio a la orilla del sueño de tal forma que olvide tantos trenes perdidos. * * *
en la casa habitada por recuerdos y cactus, el vals que sólo bailan los cuerpos solitarios. Decoraron la mesa con flores encarnadas y brindaron con besos en las copas antiguas.
Bailaron esa noche un vals hasta el desmayo. Apagaron las luces y sólo las farolas testigos fueron albos detrás de las ventanas.
Se pusieron los trajes de los días de fiesta y bebieron la dicha de los peces del alba. Y mecieron sus cuerpos como tallos dormidos en los brazos borrachos de dulzor y diamantes.
Bailaron desde el sueño el vals de la ternura, tuvieron en la boca las uvas del estío.
En el patio la noche les olía a mimosas y tomaron la senda de la aurora de mayo dejando la tristeza desnuda en el armario.
Cogidos de los labios huyeron del escombro. * * *
Tanto aspirei, tanto sonhei, que tanto De tantos tantos me fez nada en mim. Fernando Pessoa
Tantos días de espera, tantas noches de insomnio, tantas cartas trucadas, tantos sueños en tumbas, tantas fotos guardadas en carpetas perdidas. Tantas copas en bares refugiando el fracaso.
Tantos trenes lejanos y estaciones cerradas, tantos besos y tantas despedidas de luna tanta música rota, tanta niebla sonora. Tanta lluvia encerrada en aljibes de cal.
Tanta muerte en las alas, tanta vida en la cesta de papeles usados. Tanto fuego en la nada.