Toda la vida buscando los campos verdes de menta que te dijeron una vez existían, no sabes dónde, pero existían porque algunos habían estado allí, decían, y trajeron en sus manos gozosas el suave olor de la lavanda y de la piperita dulce.
Toda la vida la misma letanía: estudia, trabaja, contrólate, sé hombre de provecho que la vida no es fácil, y que el futuro depende del ahora, y que quien guarda halla, y que quien siembra recoge, y que quien no sufre alguna vez no merece conocer la dimensión del gozo.
Toda la vida, que tantos años son nada. Y que ocurre que el sacrificio rinde ganancias, y que el hombre es bueno y que la sociedad lo corrompe, y que somos racimos de idéntica uva, y la moral y la ética y el estético comportamiento humano.
Y preparemos un mundo mejor, que el que tenemos no sirve, como si eso, hasta ahora, hubiese dependido alguna vez del sacrificio, del estudio, del trabajo, del provecho, de la esperanza de una minoría humana.
Un mundo mejor… los campos de menta… el fresco olor a piperita dulce… o el solo solar donde ahora te hallas remangándote el frío hasta las ligas como puta vieja desconsolada y triste esperando que alguien le ofrezca dos pesetas de luz o le dé tan siquiera, con cargo a su cuenta, un simple beso desinteresado y herido en su boca aún agraz de amapola olvidada.