Hay una luz de claustro en esta foto, de soledad de esperma y de locura, una luz de tormenta de otoño y de colegio de fantasmas.
Hay un niño y un mapa y una bola del mundo que lleva años enteros girando en un cajón oscuro.
Hay una sonrisa de metal helado, de mercurio de termómetro difunto, un humo de alquimista sonámbulo y misericorde que se forja en el frío de los muertos en vida.
En esta fotografía hay cristales rotos de un sueño diezmado y espumas olvidadas de una playa distante.
Un suicida podría haber escrito en su reverso la despedida solemne y temblorosa del cansancio y la duda.
Mientras, el niño sonríe completamente ajeno al espejismo donde se iban formando en silencio las larvas venenosas de la nostalgia. * * *