Su olor se alía a la obediencia de mi memoria si en el mundo existen hojas ella no tiene la culpa En los muros de alas sus olvidos vienen a ser muebles de época su voz agrupa en la sombra las ráfagas de ojos negros
Sus manos de habitación que comunica con el establo respiran el orden que reina en el corazón de los rompientes de luz sus ojos se agrietan en la superficie de un agua de mesa sobre la mesa una flor sostiene su presencia de espíritu
Ella come las víctimas de un durmiente solitario Al andar desprende una estatua a cada paso
Pero cuando su piel no es más que una nueva forma de obediencia la pelusa que mi alma despide hacia su ombligo sale en tribus de nieve o de huesos sacudidos por la danza sale de los pequeños túneles de mis piernas visibles
Traducción de Gerardo Diego