Rosa ha tenido un vértigo, un incierto malestar, un temblor desconocido, y ella, para explicar, se ha referido a un hartazgo de frutas en el huerto.
Pero algo siente en su anterior despierto que trece abriles pareció dormido, y nebulosamente ha colegido que algo nace en su ser, y que algo ha muerto.
Cierra a llave la alcoba confidente, y temerosa y deleitosamente delante del espejo se desnuda.
Luego siente rubor, y, remordida, en la noche más bella de su vida, rompe a llorar, inconsolable y muda.