A la mañana siguiente Cesare Pavese no pidió el desayuno

A la mañana siguiente Cesare Pavese no pidió el desayuno

Solo bajó del tren, atravesó solo la ciudad desierta, solo entró en el hotel vacío, abrió su solitaria habitación y escuchó con asombro el silencio. Dicen que descolgó el teléfono para llamar a alguien, pero es falso, completamente falso. No había nadie a quien llamar, nadie vivía en la ciudad, nadie en el mundo. Bebió el vaso, las pequeñas pastillas, y esperó la llegada del sueño. Con cierto miedo a su valor -por vez primera había afirmado su existencia- tal vez curioso, con cansado gesto, sintió el peso de sus párpados caer. Horas después -una extraña sonrisa dibujaba sus labios- se anunció a sí mismo, tercamente, la única certidumbre que al fin había adquirido: jamás volvería a dormir solo en un cuarto de hotel.

“Los trucos de la muerte” 1975