En fin, voy a partir, bárbara amiga, voy a partir, y me abandono ciego a tu imperiosa voluntad. Lo mandas; ni sé, ni puedo resistir; adoro la mano que me hiere, y beso humilde el dogal inhumano que me ahoga. No temas ya las sombras que te asustan, las vanas sombras que te abulta el miedo cual fantasmas horribles, a la clara luz de tu honor y tu virtud opuestas, que nacer sólo hicieron… En mi labio la queja bien no está; gime y suspira; no a culpar tu rigor de los instantes del más ardiente amor tal vez postreros.
¡Qué proyectos formábamos!… Mi vida, mi delicia, mi amor, mi bien, señora, amiga, hermana, esposa, ¡oh si yo hallara otro nombre aun más dulce!, ¿qué pretendes? ¿Sabes do quieres despeñarme? Espera, aguarda pocos días; no me ahogues; después yo mismo partiré; tú nada tendrás que hacer ni que mandar; humilde correré a mi destierro y resignado. Mas ora, ¡irme!, ¡dejarte! Si me amas, ¿por qué me echas de ti, bárbara amiga? ya lo veo, te canso; cuidadosa conmigo evitas el secreto; me huyes; sola te asustas y de todo tiemblas. tu lengua se tropieza balbuciente, y embarazada estás cuando me miras. Si yo te miro, desmayada tornas la faz y alguna lágrima…, ¡oh martirio! Yo me acuerdo de un tiempo en que tus ojos otros, ¡ay!, otros eran; me buscaban, y en su mirar y regaladas burlas alentaban mis tímidos deseos. ¿Te has olvidado de la selva hojosa, do huyendo veces tantas del bullicio, en sus oscuras solitarias calles buscamos un asilo misterioso, de alentar libres de mordaz censura? ¡Qué sitio no halló allí nuestras ternezas! ¿No ardió con nuestra llama? Al lugar corre do reposar solíamos y escucha tu blando corazón: si él mis suspiros se atreve a condenar, dócil al punto cedo a tu imperio y parto. Pero en vano, te reconvengo, yo te canso; acaba de arrojarme de ti, cruel,,, Perdona, perdona a mi delirio; de rodillas tus pies abrazo y tu piedad imploro. ¡Yo acusar tu fineza!… Yo cansarte, a ti, que me idolatras…no: la pluma se deslizó; mis lágrimas lo borren. ¡Oh Dios!, yo la he ultrajado; esto restaba a mi inmenso dolor. Mi bien, señora, dispón, ordena, manda: te obedezco; sé que me adoras; no lo dudo; humilde me resigno a tu arbitrio… El coche se oye, y del sonante látigo el chasquido, el ronco estruendo, el retiñir agudo, viene a colmar la turbación horrible de mi agitado corazón… Se acerca veloz y para; te obedezco y parto. Adión, amada, adiós… El llanto acabe, que el débil pecho en su dolor se ahoga.