( fragmento) ¿Qué espalda tan airosa! ¡Qué cuello! ¡Qué expresiva volverlo un tanto sabe si el rostro afable inclina! ¡Ay! ¡Qué voluptuosos sus pasos! ¡Como animan al más cobarde amante, y al más helado irritan! Al premio, al dulce premio parece que le brindan, de amor, cuando le ostentan un seno que palpita. ¡Cuán dócil es la planta! ¡Qué acorde a la medida va el compás! Las Gracias la aplauden y la guían; y ella, de frescas rosas la blonda sien ceñida, su ropa libra al viento, que un manso soplo agita. Con timidez donosa de Cloe simplecilla por los floridos labios vaga una afable risa. A su zagal, incauta, con blandas carrerillas se llega, y vergonzosa al punto se retira. Mas ved, ved el delirio de Anarda en su atrevida soltura: ¡Sus pasiones cuán bien con él nos pinta! Sus ojos son centellas, con cuya llama activa arde en placer el pecho de cuantos, ¡ay!, la miran. Los pies cual torbellino de rapidez no vista, por todas partes vagan, y a Lícidas fatigan. ¡Qué dédalo amoroso! ¡Qué lazo aquel que, unidas las manos con Menalca, formó amorosa Lidia! ¡cuál andan! ¡cuál se enredan! ¡Cuán vivamente explican su fuego en los halagos, su calma en las delicias! ¡Oh pechos inocentes! ¡Oh unión! ¡Oh paz sencilla, que huyendo las ciudades, el campo solo habitas! ¡Ah! ¡Reina entre nosotros por siempre, amable hija del Cielo, acompañada del gozo y la alegría!