Se entró mi corazón en esta nada, como aquel pajarillo, que, volando de los niños, se entró, ciego y temblando, en la sombría sala abandonada.
De cuando en cuando intenta una escapada a lo infinito, que lo está engañando por su ilusión; duda, y se va, piando, del vidrio a la mentira iluminada.
Pero tropieza contra el bajo cielo, una vez y otra vez, y por la sala deja, pegada y rota, la cabeza…
En un rincón se cae, al fin, sin vuelo ahogándose de sangre, fría el ala, palpitando de anhelo y de torpeza.