¿Te acuerdas?

¿Te acuerdas?

¿Te acuerdas? Fue en el cuarto de los niños. La tarde de estío alzaba, limpia, por entre la arboleda suavemente mecida, últimas glorias puras, tristes en el cristal de la ventana abierta.

El maniquí de mimbre y las telas cortadas, eran los confidentes de mil cosas secretas, una majia ideal de deshojadas rosas que el amor renovaba con audacia perversa…

¡Oh, qué encanto de ojos, de besos, de rubores; qué desarreglo rápido, qué confianza ciega, mientras, en la suave soledad, desde el suelo, miraban, asustadas, nuestro amor las muñecas!