Todas las rosas blancas de luna caían...

Todas las rosas blancas de luna caían…

Todas las rosas blancas de la luna caían, por la ventana abierta, en el cuerpo desnudo… Mirando aquellas carnes blandas que florecían, hundido entre mis sueños, yo estaba absorto y mudo.

¡Oh su sexo con luna! ¡Esencia indefinible de su sexo con luna! Hervían los blancores de la carne, y el rostro, perdido en lo invisible de la penumbra, lánguido, cerraba sus colores.

Era el enervamiento del dolor… Y cual una rosa de treinta años, opulenta y desierta, el cuerpo blanco se elevaba hacia la luna frío, espectral, azul, como una pompa muerta…

Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros…

Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros cantando; y se quedará mi huerto, con su verde árbol, y con su pozo blanco.

Todas la tardes, el cielo será azul y plácido; y tocarán, como esta tarde están tocando, las campanas del campanario.

Se morirán aquellos que me amaron; y el pueblo se hará nuevo cada año; y en el rincón aquel de mi huerto florido y encalado, mi espíritu errará, nostálgico…

Y yo me iré; y estaré solo, sin hogar, sin árbol verde, sin pozo blanco, sin cielo azul y plácido… Y se quedarán los pájaros cantando.